Es curioso observar a los clientes de una gran superficie comercial deambular por pasillos y plantas, por escaparates y escaleras mecánicas. Se pueden encontrar estrategias totalmente definidas en las que, la compradora normalmente, va escudriñando todos y cada uno de los puestos de venta, repasando todas las prendas que encuentra en su camino. Otros, tienen un caminar cansado; como de paseo matutino, en el que solo cuando su mirada experta les da la orden adecuada se acercan al punto concreto y examinan la potencial compra con más detenimiento.
Muchas veces se pueden encontrar tras estas compradoras expertas a un especimen del sexo contrario, cargado de bolsas, y que mata el tiempo con algún que otro divertimento: unos aprovechan para encontrar aplicaciones escondidas en sus teléfonos móviles, otros conversan con conocidos y amigos en la misma situación… Confieso que yo, ayer, cargado de mis bolsas reglamentarias, y mientras mi pareja buscaba un regalo pendiente, me dediqué a repasar las etiquetas que muestran el país de fabricación de las prendas de vestir de una de las plantas más conocidas de un centro comercial de referencia.
No fue un estudio estadístico. Tampoco hice una selección de la muestra en función de criterios concretos. Tan solo me guió la curiosidad personal y el recorrido realizado por mi compradora de referencia.
De forma mayoritaria las distintas ropas y complementos estaban confeccionadas en países lejanos como India, Bangladesh o China. Solo algunas estaban fabricadas en Italia y Portugal.
Sí. Diseñadas casi siempre en España. (¿Trabajas o diseñas…?)
Me asombran siempre estos resultados. También he dedicado algunos minutos a buscar las procedencias de ciertas legumbres en mi compra diaria en el supermercado y los resultados son desalentadores: Turquía, EE.UU., Argentina, China, Perú…
Puede parecer raro pero soy de los que prefiero pagar un euro más por un kilo de lentejas cultivadas en Tierra de Campos que por otro kilo cosechadas en Hispanoamérica. Ya sé que las procedentes de Chile o Argentina se envasan muchas veces en España, con el consiguiente beneficio para la empresa comercializadora española de turno, pero pienso que, si además están cultivadas en La Armuña, se beneficiará también el agricultor de la zona.
De la misma forma me imaginaba ayer, cuántos trabajadores harían falta en España para confeccionar todas las prendas vendidas por el establecimiento comercial y que son fabricadas en otros países. Cuántas empresas del sector textil, transportes, logísticos…
¿Estaríamos dispuestos a pagar un poquito más por esa camiseta de ultima moda sabiendo que ha sido cortada y confeccionada en un taller de León o Zamora?
¿Qué repercusiones en las cifras económicas de un país como el nuestro tienen la creación y sostenimiento de un sector, como en este caso el textil y auxiliares, los incrementos de ingresos por cotizaciones e impuestos y las reducciones de subsidios y ayudas?
¿Hay alguien, en un pequeño y oscuro despacho de la administración, que se dedique a hacer las cuentas de qué es lo más conveniente para el conjunto de la sociedad?
A mi las cuentas, con la tendencia actual, no me salen, y, ya les adelanto, que yo si estoy dispuesto a pagar ese poquito más por ver a mi vecino ocupar un puesto de trabajo digno y no engrosar las colas del paro o, peor aún, cómo se desperdicia talento y capacidad de trabajo por una jubilación anticipada mal entendida.
Marcos Alvarez
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