Recuerdo vagamente cómo me afectaban las elecciones de delegado en mis tiempos de la E.G.B.
Se abría el proceso mediante el rimbombante anuncio de la Señorita, que así llamábamos entonces a nuestra maestra. Nos explicaba cuidadosamente el proceso, la finalidad del mismo y las tareas y responsabilidades del alumno elegido.
Se establecían los plazos pertinentes para la presentación de candidaturas, la campaña electoral e, incluso, se preparaban mítines y se elaboraba material propagandístico de los distintos candidatos.
Siempre me despertó un cierto espíritu político. Preparaba un programa electoral con propuestas para mejorar la convivencia en el aula y conseguir mejoras para mis compañeros. Explicaba con dedicación mis ideas, advirtiéndoles de la importancia de tener el delegado adecuado. Preparaba, además, algún que otro regalito para los chicos más afines a la candidatura.
Todo era inútil. Cada año era elegido el más popular, el alumno que más molestaba en clase, el protagonista de todas las gamberradas del día a día. El menos preparado para el cargo.
Casi, casi como en la actualidad. ¿Quién elige a nuestros Gobernantes? No hemos aprendido demasiado desde nuestros días de colegio…
