17 septiembre 2007

BÁRBAROS EN NUESTRAS CALLES.

Domingo por la mañana. Un suave solecito anima a salir con los niños al parque después de haber disfrutado de un tranquilo desayuno con la prensa del día. Un reportaje en la prensa local mostraba los destrozos que algunos bárbaros imberbes causaban en nuestra ciudad en las noches de marcha de cada fin de semana. Las calles del centro, el Barrio Húmedo y todo el casco histórico Leonés se veía afectado por los actos vandálicos: contenedores tirados y quemados, mobiliario urbano destrozado, farolas, pintadas, variedad de fluidos fisiológicos por los portales…
Uno, que ha vivido algunos años en los aledaños de la Plaza de San Martín, conoce esa sensación de campo de batalla en las salidas mañaneras.
Parecía una premonición. El pasado domingo, uno de los parques de Eras de Renueva había sido pasto de las huestes bárbaras leonesas que habían arrancado la mayor parte de los árboles que formaban parte de nuestro parque en el que nuestros hijos pequeños aprenden y juegan en las horas de recreo.
Por si esto no fuera bastante los columpios se encontraban sembrados de cristales de las botellas de cerveza consumidas bajo las estrellas por estos destrozaparques.
¿No hay Fuerzas de Seguridad, locales y nacionales, que velen por la seguridad de los ciudadanos y de nuestras instalaciones y bienes?
¿Por qué no están las comisarías llenas de estos gamberros nocturnos?
¿Es retrógrado o políticamente incorrecto aplicar castigos y penas a los que incumplen nuestras leyes y normas de convivencia?
Si yo soy capaz de identificar en una noche de paseo a una docena de delincuentes, ¿No son capaces nuestros policías de hacerlo? O, ¿tienen instrucciones de no actuar ante esta serie de abusos?
¿Por qué no se hacen pagar a los responsables los destrozos producidos?
Yo sinceramente no puedo contestar a todas estas preguntas.

Marcos Alvarez

10 septiembre 2007

FRANCISCO UMBRAL, ¿LEONÉS?

Francisco Umbral dictó sus últimas líneas el 28 de agosto, con media España de vacaciones y la otra media acongojada por la repentina muerte de un joven futbolista.
Muchos han sido los reportajes, las columnas y las reseñas que han glosado la obra del escritor, pero pocos han señalado la curiosa vinculación de Umbral con la ciudad de León.
En 1958 llegó a León Francisco Pérez, diligente empleado de banca en la capital pucelana con ambiciones literarias y maneras de buen escritor. De ascendencias Coyantinas y un primo, Jose Luis Pérez Perelétegui, a la sazón recién nombrado director de la emisora La Voz de León, se incorpora a una extraña vacante de administrativo en la emisora con derecho a participar poco a poco en los espacios que llenaban las tardes radiofónicas de la ciudad de aquellos años.
Ya el 2 de octubre de ese mismo año firma su comentario diario “Buenas noches” lanzado al eter como Francisco Umbral; así que bien podíamos considerar que Paco Umbral es Leonés; al menos en lo que a su personaje literario se refiere.
Cuenta Fulgencio Fernandez en el prólogo de un librito incluido en una curiosa colección “Biblioteca Leonesa de interesantes, agotados y raros” titulado “ Crónica de las Tabernas Leonesas” y atribuido a Francisco Umbral, las azarosas correrías del señorito vallisoletano por los micrófonos leoneses y sus disputas dialécticas con los personaje de aquellos años: Victoriano Cremer, Marcos Oteruelo, Joaquín Nieves, y tantos otros…algunos de ellos líderes de la radio en la actualidad… y hasta las desventuras con aquel obispo Almarcha, que no solo contribuyó supuestamente a la no implantación de la FASA de entonces en tierras leonesas, sino que parece que también hizo lo posible para que Francisco Umbral iniciara anticipadamente sus aventuras en la capital de España.
Umbral, o Pérez, Francisco, don Paco, llegó a León y ejerció inmediatamente de Leonés paseando impasible su figura por las frías aceras de Ordoño II, gustando de las tabernas que aquel Barrio Húmedo de entonces escondía por sus esquinas… el Bar de Eduardo, el Besugo, la Gitana, la Mazmorra, la Bodega Regia, El Ruedo, Valdesogo, el 2 de Mayo, Casa Pepín o Casa Benito fueron testigos de las andanzas de este leonés de adopción; al menos durante un tiempo.
Adiós paisano.