En los últimos años, la vida cultural y mi
existencia diaria han seguido caminos diferenciados. La asistencia a
conferencias, exposiciones o actos culturales similares no han ocupado las
celdas de mi agenda electrónica en la que tomo nota de todas mis obligaciones
profesionales, personales y citas irrenunciables.
Quizás la dinámica de la vida familiar, llena
de obligaciones, gratas casi siempre, han relegado ciertas aficiones que en
otras épocas permitían un desahogo neuronal e intelectual, necesario, a la vez
que un seguro enriquecimiento personal.
Ya ni siquiera soy capaz de mantener mi blog
personal, al que bauticé hace mucho tiempo como Cabreos Epistolares por basarse
fundamentalmente en epístolas de un ciudadano cabreado con las administraciones
públicas que nos atenazan con obligaciones y normas, y con sus responsables,
carentes muchas veces del sentimiento de responsabilidad requerido para sus
funciones. Después de un cambio de título obligado por el portal que alojaba la
página web, Carpeta de cartón… se denomina ahora, han sido muy pocas las
aportaciones que deberían colmar un cuaderno de bitácora al uso.
El verano, ese tiempo tan esperado y que tan
velozmente pasa impidiendo materializar muchos de los planes y proyectos
amasados durante el resto del año, con el relajo de ciertos horarios,
obligaciones escolares, y el ralentizado ritmo profesional que la época estival
y la crisis, ya casi crónica que atenaza a algunos sectores y
profesionales, obligan me permitieron asistir hace unos días a la presentación
de un libro con autor leonés, fiscal de menores para más señas, en la Fundación Sierra Pambley de nuestra
ciudad.
Avelino Fierro, que así se llama el autor,
acompañado por su editor y con la presencia del escritor Julio Llamazares,
realizó el necesario rito de pedir perdón por lo escrito, a la vez de agradecer
a todos los que de una manera u otra participaron de la idea, de los textos o
de la materialización del producto literario: un dietario que recoge los
pensamientos y acontecimientos, reales o ficticios, del que escribe, como una
manera de revivir lo leído o de vivir lo no acaecido, pero, seguramente, sí
deseado.
A fuerza de ser sincero, tendré que decir que
desconocía la vida y obra del tal Avelino; mea culpa. A partir de ahora intentaré
ponerme al día de sus escritos. Gracias a Dios, tampoco tenía conocimiento de
su faceta profesional como fiscal. De esto último creo que debo congratularme.
El personaje que me animó a asistir al acto
comentado fue Llamazares. Uno de los primeros recuerdos literarios que atesoro
en mi escueta y desvencijada memoria, es el de la asistencia al estreno cinematográfico,
en el Teatro Emperador, de Luna de Lobos, cinta basada en la novela del mismo
título del escritor de Vegamián. Esto obligó a una lectura previa, no recuerdo
bien si obligada o recomendada por el profesor de literatura. El caso es que ese
primer contacto propició otros muchos hasta la actualidad.
Creo además que Julio Llamazares es un buen
contador de historias. Su voz grave y cadenciosa junto con cierto aire irónico
y descreído hacen que sus comentarios y discursos atrapen al público con facilidad.
Con ese espíritu de asistencia a un Filandón
veraniego acudí dispuesto a dejarme atrapar por lo dicho, o por lo leído.
Mucho fue lo expuesto, lo entredicho y lo
presentado. Muchos los nombres, los lugares y los agradecidos. Y muchas también
las reuniones de amigos y tertulias mencionadas.
Y es a esto último, a las tertulias, a lo que
quería yo llegar. ¿Podrían existir los escritores sin las tertulias? Parece que
todos tienen su tertulia. Y me refiero a la versión romántica y tradicional de
estas reuniones. Las que tienen lugar normalmente en un lugar público, en un
café o en la sala de un hotel. Cuando un grupo, más o menos numeroso, alrededor
de una mesa, necesaria para los cafés, los licores o lo que se tercie en cada
momento, comentan, discuten o parlamentan sobre los temas más diversos. Sobre la
vida y sobre los que viven y mueren. Todo intelectual que se precie tiene, o ha
tenido en alguna ocasión, una o varias tertulias. ¿Usted no?
En algún momento de mi vida de estudiante
universitario, y me refiero a ese espacio temporal entre los dieciocho y los
veintitantos años, porque creo que, estoy seguro más bien, que nunca he dejado
de estudiar desde aquellos años, tuve también yo una tertulia; es más, una
tertulia con pretensiones literarias.
Recuerdo, algo queda en esa castigada red de
neuronas interconectadas…, recuerdo, decía, la primera planta del Gran Café. Un
espacio que en aquella época, desconozco su estado actual, parecía el escenario
perfecto para un evento de esa categoría. Mesas cuadradas de madera, con sus
cuatro sillas bien colocadas, se repartían por toda la planta. Una barra con
adornos tallados se anteponía a un espacio barroco, como de un retablo se
tratase, en el que un espejo aparecía escoltado por estanterías acristaladas
repletas de los más exóticos brebajes y licores.
En un lateral, bajo un grandioso espejo y una
lámpara de cristal aparecía un largo banco tapizado con terciopelo. Rojo
sangre; encarnado, como diría una de mis abuelas, o quizás granate, no recuerdo
bien. Puede que tampoco pudiera definir un color concreto para aquel tejido. Una
mesa, de la misma longitud que el aterciopelado asiento y un conjunto
proporcional de sillas completaba aquel rincón. Nuestro rincón.
Alrededor de aquella mesa, con los efluvios
de los aromáticos cafés, los exóticos licores, y el humo de alguna que otra
pipa cargada con secretas mezclas de tabacos turcos, americanos y algunas notas
de caldos destilados, en aquellos tiempos aún se podía fumar en los
establecimientos públicos, discutíamos sobre lo divino y lo humano,
planificamos actividades de la revista universitaria que editábamos, leímos
textos de autores malditos o, incluso, alguno de los asistentes dio sus
primeros pasos como novelista o como
poeta…
Había, recuerdo ahora con más nitidez, un
cuaderno de notas, en el que se reflejaban y anotaban los asistentes a cada una
de las sesiones convocadas, las conclusiones o comentarios más significativos,
o se ponían negro sobre blanco los esbozos de algunos textos, quizás germen de futuras
novelas.
Nos sentiríamos, seguramente, como los
parroquianos que hicieron del Café Gijón madrileño su espacio de vida. Rememoraríamos
autores ilustres o quizás prohibidos en tiempos remotos. Vivimos, alrededor de
una mesa, y con los libros como excusa, las más arriesgadas aventuras sin
movernos de aquella primera planta del Café.
Sí. Yo también tuve una tertulia.
Marcos Alvarez