19 diciembre 2014

Palabras

Animado por los fracasos literarios insisto en componer otro microrelato; aunque en esta ocasión ni siquiera lo he enviado al concurso.

"Este se va a enterar de lo que vale un peine" 
La frase retumbaba en la cabeza de Rodrigo como si pasara de un hemisferio cerebral a otro, chocando bruscamente contra el córtex craneal, buscando un acomodo imposible. Demasiado larga quizás. Algo equívoca, seguro; y definitivamente poco adecuada. Demasiadas palabras y poco mensaje. 
El tiempo pasaba de forma inexorable y los plazos establecidos hace tiempo debían cumplirse escrupulosamente. Era preciso encontrar las palabras adecuadas y encadenarlas de la mejor forma posible.

La novela estaba lista para entrar en imprenta y solo quedaba hallar en título adecuado para la primera novela del escritor.

Marcos Alvarez

16 diciembre 2014

Microrrelato 10/12/2014

En algunas ocasiones me lanzo a la difícil aventura de escribir un microrelato para un concurso literario de un prestigioso programa radiofónico. Se trata de componer un texto de no más de 100 palabras siguiendo una frase propuesta en cada una de las semanas.
Os adjunto el último atrevimiento...

Decisiones
El mensaje era claro, conciso, breve y letal: no insistas, decía.
Con energía pero imperturbable arrugó todo lo posible aquel papel amarillentoarrancado bruscamente de algún cuaderno escolar envejecido. Inmediatamente la bola ardía en la oscuridad de aquel callejón maloliente incitada por la llama de su viejo IMCO.
Disfrutó aquellos segundos de soledad ensimismado mientras observaba aquella pequeña pira funeraria improvisada, a la vez que planificaba mentalmente el siguiente paso a seguir. No era de esos hombres que se amilanan por un mensaje anónimo dejado cobardemente en el parabrisas de su coche. Lo había decidido hace algunos días. Pensaba dejar de fumar. 
Por trabajar en un estanco no iba a abandonar.

20 octubre 2014

Leyendo a gentes coherentes



20 de octubre de 2014.
Leyendo a gentes coherentes.
Son las mañanas de los domingos propicias para lecturas pausadas de la prensa dominical al ritmo impuesto por un desayuno lento y sosegado.
Este fin de semana junto a la columna semanal  en La Nueva Crónica de Julio Llamazares – a quien por cierto, descubrí disfrutando de las tascas locales y del solecito de octubre durante el fin de semana- encuentro la reflexión atinada de un viejo conocido, Ángel Suarez Corrons, con el que compartí en nuestros años de estudiantes universitarios mesa y mantel en la revista universitaria campus; él escribía de cine y yo intentaba hacer un poco de todo…
Reflexiona Ángel en su columna, entre otros asuntos, sobre el día de la Hispanidad. Celebrado sin mucho entusiasmo en nuestro País, como con vergüenza, mientras en lugares remotos, como Estados Unidos de América se celebra sin complejos y por todo lo alto, aun no siendo una festividad compartida por todos sus habitantes.
No nos ponemos los españolitos ni siquiera de acuerdo en trasladar la festividad, que este año coincidía en domingo, a otro día de la semana. Así en ciertas Comunidades Autónomas se celebró el lunes mientras que en otras no se trasladó a ninguna otra fecha.
Aprovecha la coyuntura el amigo Suarez Corrons para extrañarse de la incoherencia de nuestros actos lingüísticos. Los hispanohablantes de la península ibérica decimos Nueva York, Estados Unidos de América o Nueva Orleans, pero no se nos permite – repasen los libros de texto de sus hijos o nietos- decir Lérida, La Coruña o Gerona.
Una columna de opinión llena de sentido común que suscribo completamente.  ¿Es malo celebrar el día de la Fiesta Nacional con júbilo y alegría? ¿No es posible ponerse de acuerdo en celebrar algo todos juntos y al mismo tiempo? ¿Por qué no es posible utilizar correctamente nuestro idioma sin miedos a ofender a  usuarios de otras lenguas o sin atender a posibles sensibilidades de sexos mal entendidos?

Un abrazo Ángel.

29 septiembre 2014

ÁGORA ...de poesía.

En las noches de los últimos viernes de cada mes, un grupo difícilmente clasificable de amigos de la palabra se reúnen en el pequeño anfiteatro de la plaza de San Marcos, de León, para escuchar unos, y para recitar otros, versos propios o prestados.
La curiosidad me hizo acudir en la fría noche del pasado viernes para materializar y masticar en primera persona aquello que había seguido a través de las redes sociales principalmente...
De la sensaciones, y del frío, nacen las siguientes palabras...


Bancos de piedra insolentes
albergan a gentes dispuestas
a escuchar palabras ardientes,
en versos de voces artistas.

Son noches de luna sin freno,
calores o fríos despiertan.
Ardores que nacen o mueren,
palabras que brotan y temen.

Temores de miedos tempranos,
de obras nacidas sin prosa,
amores nacidos del viento
que encuentran camino en la nota.

Qué buscan las gentes que acuden?
Qué ansían las voces de gritan?
Qué encuentran las noches perdidas?
Qué hallan las almas rondadas?

Almas que encuentran cobijo,
noches que aclaran obscuras.
Voces susurran a gritos
Gentes que encuentran un mito.

Ágora de hombres dispuestos
a clamar bellezas y entuertos;
ágora de mozas ardientes
que aman letras vivientes.

Marcos Álvarez




18 septiembre 2014

Adiós Carlos...

18 de septiembre de 2014
Te has ido casi sin avisar. O al menos sin hacer mucho ruido, porque avisados estábamos todos desde que hace siete años supimos que la enfermedad había llamado a tu puerta. Y llamó para quedarse.
Años cuajados de batallas que habías ido superando. Una a una. Enfrentamientos cruentos que dejaban marcas y heridas en tu cuerpo, pero también en tu corazón, aunque procurabas que los que te rodeaban no acusaran sus efectos. Días buenos y días malos. Todos sabemos que la última de las batallas la perdemos todos, pero a ti te ha tocado demasiado pronto.
Procuraba no preguntarte sobre la enfermedad. Pensaba que estarías cansado de contar la misma historia a todos los que se preocupaban por tu estado de salud. Si nos encontrábamos en la Casa de Asturias, intentaba hablar de las mismas cosas intrascendentales que con el resto del grupo. Si coincidíamos en el Campus, me centraba en la tarea que nos había reunido. Si habíamos quedado para comer, o pasear con nuestras familias, pues comíamos o paseábamos.
Muchas veces, una mirada o un gesto casi imperceptible, me facilitaba toda la información que yo necesitaba saber.
En estos días de luto y desencanto han venido a mi memoria, como flases fotográficos, escenas de tiempos compartidos. Nuestros primeros contactos en la Escuela donde tú terminabas los estudios de ingeniería que yo estaba comenzando. Más tarde, sin darme cuenta, yo era alumno tuyo en tus primeras tareas docentes, casi, o sin casi, con la gorra de alférez bajo el brazo. Ana paso de ser mi compañera de pupitre a tu novia de toda la vida y esposa más tarde, mientras los demás afrontábamos nuestros primeros retos profesionales.
Han sido muchas tardes de piscina, cenas, comidas y meriendas; muchas las jornadas de papones de acera…Muchas las experiencias compartidas. Mucho también el trabajo desarrollado.
Ahora lloramos tu ausencia. Nos queda tu memoria, el recuerdo de ese carácter…Lo que nos enseñaste sin darnos cuenta de lo que aprendíamos; Fuerza, honor y sacrificio, como acertadamente glosaron tus familiares más cercanos y amigos en tu funeral.
Adiós amigo; o hasta pronto. Siempre fuiste por delante de los que te queríamos, y esta vez también has querido adelantarte…
Marcos Alvarez


Mi mágica biblioteca. (Microrrelato)


La pequeña librería del salón ocupa un lugar privilegiado. El rincón más luminoso, pero a la vez resguardado de los dañinos rayos solares, abriga la coqueta esquinera  de madera de cerezo.
En su escaso metro de altura apenas es capaz de albergar dos baldas que la dividen en tres espacios iguales. Los libros, de todos los tamaños y colores, unos colocados verticalmente y otros aprovechando los espacios horizontales vacíos, se agolpan sin orden ni clasificación conocida.
Libros de aventuras, detectives y viajes; biografías oficiales y apócrifas, gruesos tratados sobre ciencias o filosofía y hasta alguna que otra guía de cocina tradicional  parecen desbordar cada día el volumen finito del rojizo mueble.
El observador curioso puede encontrar desde ejemplares de mitad del siglo pasado encuadernados en cartoné con lomos de tela y cabezadas de vivos colores hasta ejemplares de bolsillo adquiridos compulsivamente en la librería impersonal de algún aeropuerto del país.
Lo que nadie sabe es que llevo seleccionando libros de mi pequeña biblioteca desde hace más de cinco décadas y siempre encuentro un ejemplar nuevo para comenzar otra apasionante lectura.

Marcos Alvarez



15 julio 2014

La Caja de Pandora o el viento del este.



Parece que he entreabierto la caja de Pandora.
De pequeño, en el colegio, cuando la señorita, o el profesor, es curiosa la diferencia en el trato, nos preguntaba la lección en la tarima, a dos baldosas de su mesa egregia, sentía un particular miedo escénico que me hacía temer una repentina amnesia intelectualoide que me impidiese recitar, casi literalmente,  el tema que había preparado la tarde anterior.
Pero, una vez en disposición de comenzar la exposición, casi firme, a dos cuadros de la mesa, esto era muy importante según con que señorita, las ideas primero y las palabras después comenzaban a tomar personalidad propia, formando un discurso aprendido aunque seguramente, muchas veces, no comprendido en su totalidad. Como si al abrir la mitológica caja de pandora, los vientos, en este caso las palabras y los recuerdos, fueran abriéndose camino entre informaciones y datos almacenados en mi cabeza.
Pues algo parecido a aquello ha debido suceder. Al rememorar las ya casi olvidadas tertulias del Gran Café que organizábamos los miembros y colaboradores de la revista universitaria Campus a finales de los años ochenta y inicios de los noventa, han comenzado a desperezarse viejos recuerdos de aquellos felices y tumultuosos años.
El Colectivo Cultural Campus era una asociación universitaria que aglutinaba a estudiantes con diversos intereses, pero todos con cierta vocación por el mundo de la información: aprendices de periodistas, reporteros incipientes de radio, fotógrafos de cliché y ampliadora, escritores y poetas… Estudiantes de Derecho, Empresariales, Biología o Industriales que dedicaban parte de su tiempo, seguramente más del recomendable, en perseguir las noticias que emanaban de nuestra joven universidad, a comentar las victorias de los equipos deportivos de las distintas Facultades y Escuelas, o a participar, incluso, en los órganos de representación estudiantil de la Magnífica institución académica.
Editábamos una revista, producíamos programas radiofónicos, organizábamos tertulias literarias, concursos de poesía, viajes por Europa… y todo, sin tener, casi nunca, un espacio físico en el que realizar una reunión, planificar actividades o depositar los documentos y registros necesarios para la gestión de una asociación universitaria.
¿Y dónde realizábamos nuestros encuentros? En los bares. Cafeterías, bares, mesones o restaurantes que invadíamos con carpetones, hojas de maquetar, textos literarios u hojas de contactos y en los que manteníamos acalorados debates sobre la conveniencia o no de determinadas acciones o propuestas.
El Momentos. En la calle Lancia, el Bar Momentos fue una de las sedes habituales de estos encuentros semanales. Un establecimiento de planta rectangular bastante alargado, con una barra interminable en su parte oeste y que contaba con una cantidad ingente de mesas sobre las que desplegar nuestra intendencia.
Al fondo, una zona semireservada, poco concurrida por estar cerca de las puertas que daban acceso a los aseos del establecimiento, y flanqueada por unas jardineras de granito, creo recordar, que establecían un biombo natural de protección frente al resto de mesas y zona de barra, y en la que se disponían tres o cuatro generosas mesas, era nuestra zona favorita.
Peio, siempre con su cámara de fotos, creo que no la ha apeado desde entonces, o Eduardo, también con su réflex analógica, serían seguramente de los primeros en llegar. Marcelino, con maletín de ejecutivo, aportaba parte del material necesario para los trabajos a realizar en cada sesión de trabajo. Luque y Joaquín, seguro que se retrasaban, y vendrían con los bolsillos vacíos procedentes de alguna partida vespertina de mus.
Mientras otros llegaban, Luis habría preparado la selección musical del siguiente programa en Radio 5, que entonces no era to-do-no-ti-ci-as, y Santos u Octavio preparaban las clasificaciones de las distintas ligas deportivas.
Chema y Álvaro, esperaban el comienzo de la reunión de redacción discutiendo sobre la conveniencia de premiar un texto enviado por un desconocido autor Latinoamericano al último concurso de cuentos, mientras Paco y Mónica se afanaban en organizar un viaje a la Universidad de Alicante para asistir a un encuentro de representantes de estudiantes universitarios, al que después asistí yo, por cierto.
Pablo, Nuria y Rosa, llegaban ese día más tarde, pero con la carpeta llena de nuevos anunciantes para la siguiente edición de la revista.
Cuantos nombres, muchos casi olvidados. Cuantos cafés. Muchas horas de conversación, debate o de simplemente escuchar las historias por otros contadas.
Puede que también a estas reuniones se las pudiera considerar como tertulias. Desde luego, que se exponían temas candentes, se debatía sobre la actualidad más rabiosa o se componían textos y poesías.
Como afloran los recuerdos. Serán los vientos y brisas de este verano atípico.
O el viento del este, que diría Mary Poppins.


14 julio 2014

Tertulias, presentaciones literarias y otros cuentos.


14 de julio de 2014.
En los últimos años, la vida cultural y mi existencia diaria han seguido caminos diferenciados. La asistencia a conferencias, exposiciones o actos culturales similares no han ocupado las celdas de mi agenda electrónica en la que tomo nota de todas mis obligaciones profesionales, personales y citas irrenunciables.
Quizás la dinámica de la vida familiar, llena de obligaciones, gratas casi siempre, han relegado ciertas aficiones que en otras épocas permitían un desahogo neuronal e intelectual, necesario, a la vez que un seguro enriquecimiento personal.
Ya ni siquiera soy capaz de mantener mi blog personal, al que bauticé hace mucho tiempo como Cabreos Epistolares por basarse fundamentalmente en epístolas de un ciudadano cabreado con las administraciones públicas que nos atenazan con obligaciones y normas, y con sus responsables, carentes muchas veces del sentimiento de responsabilidad requerido para sus funciones. Después de un cambio de título obligado por el portal que alojaba la página web, Carpeta de cartón… se denomina ahora, han sido muy pocas las aportaciones que deberían colmar un cuaderno de bitácora al uso.
El verano, ese tiempo tan esperado y que tan velozmente pasa impidiendo materializar muchos de los planes y proyectos amasados durante el resto del año, con el relajo de ciertos horarios, obligaciones escolares, y el ralentizado ritmo profesional que la época estival y la crisis, ya casi crónica que atenaza a algunos sectores y profesionales, obligan me permitieron asistir hace unos días a la presentación de un libro con autor leonés, fiscal de menores para más señas, en la Fundación Sierra Pambley de nuestra ciudad.
Avelino Fierro, que así se llama el autor, acompañado por su editor y con la presencia del escritor Julio Llamazares, realizó el necesario rito de pedir perdón por lo escrito, a la vez de agradecer a todos los que de una manera u otra participaron de la idea, de los textos o de la materialización del producto literario: un dietario que recoge los pensamientos y acontecimientos, reales o ficticios, del que escribe, como una manera de revivir lo leído o de vivir lo no acaecido, pero, seguramente, sí deseado.
A fuerza de ser sincero, tendré que decir que desconocía la vida y obra del tal Avelino; mea culpa. A partir de ahora intentaré ponerme al día de sus escritos. Gracias a Dios, tampoco tenía conocimiento de su faceta profesional como fiscal. De esto último creo que debo congratularme.
El personaje que me animó a asistir al acto comentado fue Llamazares. Uno de los primeros recuerdos literarios que atesoro en mi escueta y desvencijada memoria, es el de la asistencia al estreno cinematográfico, en el Teatro Emperador, de Luna de Lobos, cinta basada en la novela del mismo título del escritor de Vegamián. Esto obligó a una lectura previa, no recuerdo bien si obligada o recomendada por el profesor de literatura. El caso es que ese primer contacto propició otros muchos hasta la actualidad.
Creo además que Julio Llamazares es un buen contador de historias. Su voz grave y cadenciosa junto con cierto aire irónico y descreído hacen que sus comentarios y discursos  atrapen al público con facilidad.
Con ese espíritu de asistencia a un Filandón veraniego acudí dispuesto a dejarme atrapar por lo dicho, o por lo leído.
Mucho fue lo expuesto, lo entredicho y lo presentado. Muchos los nombres, los lugares y los agradecidos. Y muchas también las reuniones de amigos y tertulias mencionadas.
Y es a esto último, a las tertulias, a lo que quería yo llegar. ¿Podrían existir los escritores sin las tertulias? Parece que todos tienen su tertulia. Y me refiero a la versión romántica y tradicional de estas reuniones. Las que tienen lugar normalmente en un lugar público, en un café o en la sala de un hotel. Cuando un grupo, más o menos numeroso, alrededor de una mesa, necesaria para los cafés, los licores o lo que se tercie en cada momento, comentan, discuten o parlamentan sobre los temas más diversos. Sobre la vida y sobre los que viven y mueren. Todo intelectual que se precie tiene, o ha tenido en alguna ocasión, una o varias tertulias. ¿Usted no?
En algún momento de mi vida de estudiante universitario, y me refiero a ese espacio temporal entre los dieciocho y los veintitantos años, porque creo que, estoy seguro más bien, que nunca he dejado de estudiar desde aquellos años, tuve también yo una tertulia; es más, una tertulia con pretensiones literarias.
Recuerdo, algo queda en esa castigada red de neuronas interconectadas…, recuerdo, decía, la primera planta del Gran Café. Un espacio que en aquella época, desconozco su estado actual, parecía el escenario perfecto para un evento de esa categoría. Mesas cuadradas de madera, con sus cuatro sillas bien colocadas, se repartían por toda la planta. Una barra con adornos tallados se anteponía a un espacio barroco, como de un retablo se tratase, en el que un espejo aparecía escoltado por estanterías acristaladas repletas de los más exóticos brebajes y licores.
En un lateral, bajo un grandioso espejo y una lámpara de cristal aparecía un largo banco tapizado con terciopelo. Rojo sangre; encarnado, como diría una de mis abuelas, o quizás granate, no recuerdo bien. Puede que tampoco pudiera definir un color concreto para aquel tejido. Una mesa, de la misma longitud que el aterciopelado asiento y un conjunto proporcional de sillas completaba aquel rincón. Nuestro rincón.
Alrededor de aquella mesa, con los efluvios de los aromáticos cafés, los exóticos licores, y el humo de alguna que otra pipa cargada con secretas mezclas de tabacos turcos, americanos y algunas notas de caldos destilados, en aquellos tiempos aún se podía fumar en los establecimientos públicos, discutíamos sobre lo divino y lo humano, planificamos actividades de la revista universitaria que editábamos, leímos textos de autores malditos o, incluso, alguno de los asistentes dio sus primeros pasos como novelista o  como poeta…
Había, recuerdo ahora con más nitidez, un cuaderno de notas, en el que se reflejaban y anotaban los asistentes a cada una de las sesiones convocadas, las conclusiones o comentarios más significativos, o se ponían negro sobre blanco los esbozos de algunos textos, quizás germen de futuras novelas.
Nos sentiríamos, seguramente, como los parroquianos que hicieron del Café Gijón madrileño su espacio de vida. Rememoraríamos autores ilustres o quizás prohibidos en tiempos remotos. Vivimos, alrededor de una mesa, y con los libros como excusa, las más arriesgadas aventuras sin movernos de aquella primera planta del Café.

Sí. Yo también tuve una tertulia.


Marcos Alvarez

03 abril 2014

Sobre la Seguridad en la Catedral de León

La importancia de la existencia de un Plan de Seguridad Integral bien desarrollado  e implantado de forma correcta.

L
a Catedral de León fue desalojada ayer  dos de abril a raíz de una llamada telefónica en la que se comunicaba la existencia de un artefacto explosivo preparado para explotar en treinta minutos.
Según informan los medios de comunicación local varias dotaciones de la unidad TEDAX de la policía nacional así como patrullas de la policía local se desplazaron a la zona para desalojar la catedral y sus inmediaciones así como para intentar localizar el explosivo anunciado. Afortunadamente todo quedó en un susto. La falsa alarma fue confirmada una vez que las distintas dependencias fueron inspeccionadas por el personal especializado.
Según declaraciones del administrador de la Catedral, D. Mario González, una vez recibida la comunicación se vivieron algunos momentos de nerviosismo.
Podríamos realizar algunas reflexiones a la luz de los hechos acaecidos:
  • ·         ¿Existe algún protocolo de actuación para el personal  de la Catedral a la hora de  atender comunicaciones de este tipo?
  • ·         ¿Conoce el personal a quién se debe comunicar la posible emergencia y qué datos es preciso trasladar de forma inmediata?
  • ·         ¿Se ha establecido un responsable que coordine y dirija las actuaciones que sea preciso realizar y que sirva de interlocutor con las fuerzas y cuerpos de seguridad y emergencias que se movilicen?
  • ·         ¿Conoce el personal cuales son las salidas de emergencia, los puntos seguros  en el exterior y la forma adecuada de desalojar a trabajadores y visitantes?

Todos estos puntos, y muchos otros,  se desarrollan en el Plan de Seguridad Integral que todo centro de trabajo, institución u organización debería tener como documento base de actuación para la seguridad de sus  trabajadores, visitantes y patrimonio.
Este documento debe ser redactado por personal debidamente formado en aspectos de seguridad, prevención de riesgos laborales, protección contra incendios y gestión y dirección de proyectos.
Empresas como ibs ingeniería cuentan con técnicos formados en ingeniería, acreditados por la Junta de Castilla y León como Técnicos Superiores  en Prevención de Riesgos Laborales y habilitados por el Ministerio del Interior como Directores e Seguridad, especializados en la redacción, implantación y mantenimiento de estos Planes de Seguridad.


21 febrero 2014

Nueva etapa...

Definitivamente el antiguo blog CABREOS EPISTOLARES  alojado en la página de Bitácoras me crea más problemas que satisfacciones.
Así que me he puesto manos a la obra y estoy intentando recuperar la información y los post publicados desde el inicio, hace ya unos cuantos años...
Poco a poco iré publicando las antiguas entradas, aunque lo haré respetando la fecha de publicación original.
Saludos.

07 febrero 2014

Un comienzo


Mi viejo cuaderno de bitácora, o blog como gustan los modernos de llamar a estos cuadernos de notas virtuales, ha dejado de existir. o, al menos, yo no puedo acceder a sus contenidos; no puedo publicar nuevos comentarios; revisar mis antiguos artículos, ni siquiera copiar el archivo fuente con toda la información.
Cabreos Epistolares, que así se llama mi antiguo blog personal, andará perdido en ese eter que hemos fabricado en los últimos veinte años y que, al parecer, almacena todo el saber del universo...
Y, claro, el deseo o necesidad de escribir de vez en cuando esos pensamientos que abotargan tu cabeza, o esos cabreos epistolares que permiten aligerar la presión de la razón y del sentido común de cada uno, hace que abra una nueva carpeta, de esas antiguas, una Carpeta de cartón, con sus gomas elásticas y todo, para guardar estas anotaciones personales que, de vez en cuando, es necesario plasmar negro sobre blanco.


31 enero 2014

TENTE NUBE, TENTE TU...

En las frías noches leonesas que dan paso al mes de febrero, la víspera de Santa Brígida, se escuchan en los campanarios y espadañas de las decrépitas iglesias el reconocible tantaneo del Tente Nube…

“Tente nube, tente tu
que Dios puede más que tu;
tente nube, tente palo
que más puede Dios que el diablo”

Con este toque, que ya solo recuerdan algunos viejos campaneros, como los de Fresno de la Vega que aún conservan la tradición, se intenta ahuyentar al Reñubero.
Este geniecillo leonés, dominador de las tormentas y nubes, y provocador de tempestades, granizadas, nevadas y otros fenómenos atmosféricos dañinos para los campos y, en especial, para las cosechas, elabora con sus manos a base del barro de los campos las piedras que formarán las granizadas de cada año.
Con el toque de campanas del Tente nube, intentaban los viejos del lugar aturdir al Reñubero para que no acertara a fabricar la masa necesaria para las piedras, quedando así el pueblo libre del temido pedrisco para todo un año.
En algunos lugares, mientras tañían las campanas, se recogían doce piedras que eran guardadas con devoción. Con la llegada de las nubes y las tormentas tiraban alguna de esas piedras a los campos, logrando de esta manera espantar el granizo.
En la comarca de la Cepeda, mantienen que el Reñubero porta en su mano derecha un haz de centellas mientras que en la izquierda lleva un recipiente cargado de piedras que arroja con furia sobre las cosechas.
Hoy en Fresno de la Vega, en la Iglesia de San Miguel, intentarán como antaño despistar al Reñubero con los mágicos toques de campana.
31 de enero de 2014
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Encuentro en las páginas de  Diario de León una versión del cántico tradicional atribuida a tierras cántabras que recojo por su indudable valor...

"Tente nube, tente tu 
que Dios puede más que tu;
si eres agua, ven acá, 
si eres piedra, vete allá,
siete leguas de mi pueblo 
y otras tanta para allá..."
Parece que el Reñubero sigue danzando sobre campos y eriales en busca de nuevas víctimas. Menos mal que las tierras de León seguirán protegidas mientras el tañido del tente nube se escuche entre la niebla...

02 de febrero de 2023


Marcos Álvarez