Empiezan los análisis, las reuniones de coordinación, los congresos extraordinarios y las reuniones de las comisiones de pactos electorales, que también las hay.
Y en los medios de comunicación intentan entender, o interpretar, el mensaje que los ciudadanos han querido enviar a los candidatos y partidos, escondido en los entresijos de los sobres electorales.
Otros medios, los que yo denomino medios de propaganda, presionan desde sus púlpitos a los partidos de ideología contraria-¿deben los medios de comunicación tener una ideología?- para que sigan una u otra estrategia, realicen unos u otros pactos, o tomen decisiones en alguna dirección, como si fuera una labor de los periodistas la de encauzar las carreras políticas de los servidores públicos.
Siempre he tenido claro que es necesario contar con periodistas que sean capaces de narrar lo que pasa en cada momento de la forma más objetiva posible. Incluso estoy convencido de que es interesante la labor de ciertos profesionales que comparten sus opiniones con el resto de los ciudadanos. Pero estas dos funciones, la información y la opinión, deberían estar claramente diferenciadas. El ciudadano tiene que ser capaz de distinguir cuando está recibiendo información y cuando es una valoración subjetiva de la misma.