No hay tiempo que perder, rezaba el cartelón que colgaba sobre la fachada principal del edificio.
La vertiginosa expansión del virus mortal había diezmado la población mundial y obligado a la mayor parte de los habitantes del planeta a confinarse en sus casas para evitar el contagio.
Los encierros y la paralización de la economía habían desencadenado situaciones de pobreza y necesidad donde antes reinaban el desarrollo económico y el bienestar de las sociedades.
Equipos de científicos competían denodadamente por desarrollar una vacuna eficaz lo antes posible.
De pronto, la inquisitiva melodía del despertador me hizo abrir los ojos y saltar de la cama.