Su incontrolable afición por los viajecitos interplanetarios empezaba a resultar molesta. Al principio fueron las películas, las series y los documentales del centenar de canales que sintonizaba a diario en el televisor. Luego fueron las novelas y los ensayos que llenaron muebles, estanterías y alacenas. Hace poco comenzó una interminable colección de productos relacionados con las naves espaciales, el cosmos y los astronautas.
Todo lo hemos aguantado en casa con ciertas dosis de filosofía.
¡Tres, dos, uno, cero, lanzamiento!
El cohete comenzó a elevarse sobre el suelo del salón entre una nube densa de gases y vapor, mientras la cubierta de nuestra casa era atravesada por la nave y se elevaba poco a poco sobre el cielo de la ciudad.
