Sus deseos de comprarlo todo en Marte eran desesperantes. Cualquier decisión de compra, aun para la cosa más simple, era retrasada hasta la llegada al planeta rojo.
Se había terminado hacía varios días el jabón de manos; desde varias semanas atrás ya no tenían leche y el sabor de la fruta fresca se les había perdido en el rincón de los recuerdos.
Las tiendas ubicadas en la estación espacial, que viajaba a más de 30.000 kilómetros por hora a través del espacio, le veían entrar y salir de sus espacios sin adquirir ningún producto.
Aún quedaban más de dos años para el amartizaje.
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