DISONANCIAS
El viejo profesor acudió puntual a la cita. Hacia un tiempo infernal y entró en el café de costumbre sacudiéndose las gotas de lluvia de su abrigo y dando sonoras zancadas con la esperanza de entrar en calor.
No parecía el mismo de siempre. Aunque con la misma sonrisa y cuidadosamente vestido algo desentonaba en la imagen de mi mentor. Nos veíamos a menudo con la excusa de supervisar mi abandonada tesis doctoral; realmente buscábamos, creo que los dos, el placer de la simple conversación. No podía estar más viejo, ni más bajo, ni más gordo o delgado; nos habíamos visto el día anterior.
Mientras el profesor se acercaba a la mesa, de repente, como espoleado por un ser invisible exclamó: ¡Mi sombrero; he olvidado mi sombrero!