Ahogado en la laguna. Apareció con las primeras luces del día. Flotando plácidamente, boca abajo. Solo unas ondas circulares que se separaban periódicamente de su cuerpo delataban las leves fluctuaciones de una masa sobre el agua.
No hubo llantos, ni actos de despedida. Ni esquelas, ni anuncios en la prensa. Nadie conocía al ahogado. Varios policías tomando fotografías, personal del anatómico forense y algún viandante aburrido formaron por un instante el cortejo fúnebre.
La quietud regresó a la laguna. Aquella tarde la trucha recién llegada encontró un lugar idóneo en el cañón del revólver para desovar su carga de vida.