15 julio 2014

La Caja de Pandora o el viento del este.



Parece que he entreabierto la caja de Pandora.
De pequeño, en el colegio, cuando la señorita, o el profesor, es curiosa la diferencia en el trato, nos preguntaba la lección en la tarima, a dos baldosas de su mesa egregia, sentía un particular miedo escénico que me hacía temer una repentina amnesia intelectualoide que me impidiese recitar, casi literalmente,  el tema que había preparado la tarde anterior.
Pero, una vez en disposición de comenzar la exposición, casi firme, a dos cuadros de la mesa, esto era muy importante según con que señorita, las ideas primero y las palabras después comenzaban a tomar personalidad propia, formando un discurso aprendido aunque seguramente, muchas veces, no comprendido en su totalidad. Como si al abrir la mitológica caja de pandora, los vientos, en este caso las palabras y los recuerdos, fueran abriéndose camino entre informaciones y datos almacenados en mi cabeza.
Pues algo parecido a aquello ha debido suceder. Al rememorar las ya casi olvidadas tertulias del Gran Café que organizábamos los miembros y colaboradores de la revista universitaria Campus a finales de los años ochenta y inicios de los noventa, han comenzado a desperezarse viejos recuerdos de aquellos felices y tumultuosos años.
El Colectivo Cultural Campus era una asociación universitaria que aglutinaba a estudiantes con diversos intereses, pero todos con cierta vocación por el mundo de la información: aprendices de periodistas, reporteros incipientes de radio, fotógrafos de cliché y ampliadora, escritores y poetas… Estudiantes de Derecho, Empresariales, Biología o Industriales que dedicaban parte de su tiempo, seguramente más del recomendable, en perseguir las noticias que emanaban de nuestra joven universidad, a comentar las victorias de los equipos deportivos de las distintas Facultades y Escuelas, o a participar, incluso, en los órganos de representación estudiantil de la Magnífica institución académica.
Editábamos una revista, producíamos programas radiofónicos, organizábamos tertulias literarias, concursos de poesía, viajes por Europa… y todo, sin tener, casi nunca, un espacio físico en el que realizar una reunión, planificar actividades o depositar los documentos y registros necesarios para la gestión de una asociación universitaria.
¿Y dónde realizábamos nuestros encuentros? En los bares. Cafeterías, bares, mesones o restaurantes que invadíamos con carpetones, hojas de maquetar, textos literarios u hojas de contactos y en los que manteníamos acalorados debates sobre la conveniencia o no de determinadas acciones o propuestas.
El Momentos. En la calle Lancia, el Bar Momentos fue una de las sedes habituales de estos encuentros semanales. Un establecimiento de planta rectangular bastante alargado, con una barra interminable en su parte oeste y que contaba con una cantidad ingente de mesas sobre las que desplegar nuestra intendencia.
Al fondo, una zona semireservada, poco concurrida por estar cerca de las puertas que daban acceso a los aseos del establecimiento, y flanqueada por unas jardineras de granito, creo recordar, que establecían un biombo natural de protección frente al resto de mesas y zona de barra, y en la que se disponían tres o cuatro generosas mesas, era nuestra zona favorita.
Peio, siempre con su cámara de fotos, creo que no la ha apeado desde entonces, o Eduardo, también con su réflex analógica, serían seguramente de los primeros en llegar. Marcelino, con maletín de ejecutivo, aportaba parte del material necesario para los trabajos a realizar en cada sesión de trabajo. Luque y Joaquín, seguro que se retrasaban, y vendrían con los bolsillos vacíos procedentes de alguna partida vespertina de mus.
Mientras otros llegaban, Luis habría preparado la selección musical del siguiente programa en Radio 5, que entonces no era to-do-no-ti-ci-as, y Santos u Octavio preparaban las clasificaciones de las distintas ligas deportivas.
Chema y Álvaro, esperaban el comienzo de la reunión de redacción discutiendo sobre la conveniencia de premiar un texto enviado por un desconocido autor Latinoamericano al último concurso de cuentos, mientras Paco y Mónica se afanaban en organizar un viaje a la Universidad de Alicante para asistir a un encuentro de representantes de estudiantes universitarios, al que después asistí yo, por cierto.
Pablo, Nuria y Rosa, llegaban ese día más tarde, pero con la carpeta llena de nuevos anunciantes para la siguiente edición de la revista.
Cuantos nombres, muchos casi olvidados. Cuantos cafés. Muchas horas de conversación, debate o de simplemente escuchar las historias por otros contadas.
Puede que también a estas reuniones se las pudiera considerar como tertulias. Desde luego, que se exponían temas candentes, se debatía sobre la actualidad más rabiosa o se componían textos y poesías.
Como afloran los recuerdos. Serán los vientos y brisas de este verano atípico.
O el viento del este, que diría Mary Poppins.


14 julio 2014

Tertulias, presentaciones literarias y otros cuentos.


14 de julio de 2014.
En los últimos años, la vida cultural y mi existencia diaria han seguido caminos diferenciados. La asistencia a conferencias, exposiciones o actos culturales similares no han ocupado las celdas de mi agenda electrónica en la que tomo nota de todas mis obligaciones profesionales, personales y citas irrenunciables.
Quizás la dinámica de la vida familiar, llena de obligaciones, gratas casi siempre, han relegado ciertas aficiones que en otras épocas permitían un desahogo neuronal e intelectual, necesario, a la vez que un seguro enriquecimiento personal.
Ya ni siquiera soy capaz de mantener mi blog personal, al que bauticé hace mucho tiempo como Cabreos Epistolares por basarse fundamentalmente en epístolas de un ciudadano cabreado con las administraciones públicas que nos atenazan con obligaciones y normas, y con sus responsables, carentes muchas veces del sentimiento de responsabilidad requerido para sus funciones. Después de un cambio de título obligado por el portal que alojaba la página web, Carpeta de cartón… se denomina ahora, han sido muy pocas las aportaciones que deberían colmar un cuaderno de bitácora al uso.
El verano, ese tiempo tan esperado y que tan velozmente pasa impidiendo materializar muchos de los planes y proyectos amasados durante el resto del año, con el relajo de ciertos horarios, obligaciones escolares, y el ralentizado ritmo profesional que la época estival y la crisis, ya casi crónica que atenaza a algunos sectores y profesionales, obligan me permitieron asistir hace unos días a la presentación de un libro con autor leonés, fiscal de menores para más señas, en la Fundación Sierra Pambley de nuestra ciudad.
Avelino Fierro, que así se llama el autor, acompañado por su editor y con la presencia del escritor Julio Llamazares, realizó el necesario rito de pedir perdón por lo escrito, a la vez de agradecer a todos los que de una manera u otra participaron de la idea, de los textos o de la materialización del producto literario: un dietario que recoge los pensamientos y acontecimientos, reales o ficticios, del que escribe, como una manera de revivir lo leído o de vivir lo no acaecido, pero, seguramente, sí deseado.
A fuerza de ser sincero, tendré que decir que desconocía la vida y obra del tal Avelino; mea culpa. A partir de ahora intentaré ponerme al día de sus escritos. Gracias a Dios, tampoco tenía conocimiento de su faceta profesional como fiscal. De esto último creo que debo congratularme.
El personaje que me animó a asistir al acto comentado fue Llamazares. Uno de los primeros recuerdos literarios que atesoro en mi escueta y desvencijada memoria, es el de la asistencia al estreno cinematográfico, en el Teatro Emperador, de Luna de Lobos, cinta basada en la novela del mismo título del escritor de Vegamián. Esto obligó a una lectura previa, no recuerdo bien si obligada o recomendada por el profesor de literatura. El caso es que ese primer contacto propició otros muchos hasta la actualidad.
Creo además que Julio Llamazares es un buen contador de historias. Su voz grave y cadenciosa junto con cierto aire irónico y descreído hacen que sus comentarios y discursos  atrapen al público con facilidad.
Con ese espíritu de asistencia a un Filandón veraniego acudí dispuesto a dejarme atrapar por lo dicho, o por lo leído.
Mucho fue lo expuesto, lo entredicho y lo presentado. Muchos los nombres, los lugares y los agradecidos. Y muchas también las reuniones de amigos y tertulias mencionadas.
Y es a esto último, a las tertulias, a lo que quería yo llegar. ¿Podrían existir los escritores sin las tertulias? Parece que todos tienen su tertulia. Y me refiero a la versión romántica y tradicional de estas reuniones. Las que tienen lugar normalmente en un lugar público, en un café o en la sala de un hotel. Cuando un grupo, más o menos numeroso, alrededor de una mesa, necesaria para los cafés, los licores o lo que se tercie en cada momento, comentan, discuten o parlamentan sobre los temas más diversos. Sobre la vida y sobre los que viven y mueren. Todo intelectual que se precie tiene, o ha tenido en alguna ocasión, una o varias tertulias. ¿Usted no?
En algún momento de mi vida de estudiante universitario, y me refiero a ese espacio temporal entre los dieciocho y los veintitantos años, porque creo que, estoy seguro más bien, que nunca he dejado de estudiar desde aquellos años, tuve también yo una tertulia; es más, una tertulia con pretensiones literarias.
Recuerdo, algo queda en esa castigada red de neuronas interconectadas…, recuerdo, decía, la primera planta del Gran Café. Un espacio que en aquella época, desconozco su estado actual, parecía el escenario perfecto para un evento de esa categoría. Mesas cuadradas de madera, con sus cuatro sillas bien colocadas, se repartían por toda la planta. Una barra con adornos tallados se anteponía a un espacio barroco, como de un retablo se tratase, en el que un espejo aparecía escoltado por estanterías acristaladas repletas de los más exóticos brebajes y licores.
En un lateral, bajo un grandioso espejo y una lámpara de cristal aparecía un largo banco tapizado con terciopelo. Rojo sangre; encarnado, como diría una de mis abuelas, o quizás granate, no recuerdo bien. Puede que tampoco pudiera definir un color concreto para aquel tejido. Una mesa, de la misma longitud que el aterciopelado asiento y un conjunto proporcional de sillas completaba aquel rincón. Nuestro rincón.
Alrededor de aquella mesa, con los efluvios de los aromáticos cafés, los exóticos licores, y el humo de alguna que otra pipa cargada con secretas mezclas de tabacos turcos, americanos y algunas notas de caldos destilados, en aquellos tiempos aún se podía fumar en los establecimientos públicos, discutíamos sobre lo divino y lo humano, planificamos actividades de la revista universitaria que editábamos, leímos textos de autores malditos o, incluso, alguno de los asistentes dio sus primeros pasos como novelista o  como poeta…
Había, recuerdo ahora con más nitidez, un cuaderno de notas, en el que se reflejaban y anotaban los asistentes a cada una de las sesiones convocadas, las conclusiones o comentarios más significativos, o se ponían negro sobre blanco los esbozos de algunos textos, quizás germen de futuras novelas.
Nos sentiríamos, seguramente, como los parroquianos que hicieron del Café Gijón madrileño su espacio de vida. Rememoraríamos autores ilustres o quizás prohibidos en tiempos remotos. Vivimos, alrededor de una mesa, y con los libros como excusa, las más arriesgadas aventuras sin movernos de aquella primera planta del Café.

Sí. Yo también tuve una tertulia.


Marcos Alvarez