Parece que he entreabierto la caja de
Pandora.
De pequeño, en el colegio, cuando la
señorita, o el profesor, es curiosa la diferencia en el trato, nos preguntaba
la lección en la tarima, a dos baldosas de su mesa egregia, sentía un particular
miedo escénico que me hacía temer una repentina amnesia intelectualoide que me impidiese recitar, casi literalmente, el tema que había preparado la tarde
anterior.
Pero, una vez en disposición de comenzar la
exposición, casi firme, a dos cuadros de la mesa, esto era muy importante según
con que señorita, las ideas primero y las palabras después comenzaban a tomar
personalidad propia, formando un discurso aprendido aunque seguramente, muchas
veces, no comprendido en su totalidad. Como si al abrir la mitológica caja de
pandora, los vientos, en este caso las palabras y los recuerdos, fueran abriéndose
camino entre informaciones y datos almacenados en mi cabeza.
Pues algo parecido a aquello ha debido
suceder. Al rememorar las ya casi olvidadas tertulias del Gran Café que organizábamos
los miembros y colaboradores de la revista universitaria Campus a finales de
los años ochenta y inicios de los noventa, han comenzado a desperezarse viejos
recuerdos de aquellos felices y tumultuosos años.
El Colectivo Cultural Campus era una
asociación universitaria que aglutinaba a estudiantes con diversos intereses,
pero todos con cierta vocación por el mundo de la información: aprendices de
periodistas, reporteros incipientes de radio, fotógrafos de cliché y
ampliadora, escritores y poetas… Estudiantes de Derecho, Empresariales, Biología
o Industriales que dedicaban parte de su tiempo, seguramente más del
recomendable, en perseguir las noticias que emanaban de nuestra joven
universidad, a comentar las victorias de los equipos deportivos de las
distintas Facultades y Escuelas, o a participar, incluso, en los órganos de representación
estudiantil de la Magnífica institución académica.
Editábamos una revista, producíamos programas
radiofónicos, organizábamos tertulias literarias, concursos de poesía, viajes
por Europa… y todo, sin tener, casi nunca, un espacio físico en el que realizar
una reunión, planificar actividades o depositar los documentos y registros
necesarios para la gestión de una asociación universitaria.
¿Y dónde realizábamos nuestros encuentros? En
los bares. Cafeterías, bares, mesones o restaurantes que invadíamos con
carpetones, hojas de maquetar, textos literarios u hojas de contactos y en los
que manteníamos acalorados debates sobre la conveniencia o no de determinadas
acciones o propuestas.
El Momentos. En la calle Lancia, el Bar Momentos
fue una de las sedes habituales de estos encuentros semanales. Un
establecimiento de planta rectangular bastante alargado, con una barra
interminable en su parte oeste y que contaba con una cantidad ingente de mesas
sobre las que desplegar nuestra intendencia.
Al fondo, una zona semireservada, poco
concurrida por estar cerca de las puertas que daban acceso a los aseos del
establecimiento, y flanqueada por unas jardineras de granito, creo recordar,
que establecían un biombo natural de protección frente al resto de mesas y zona
de barra, y en la que se disponían tres o cuatro generosas mesas, era nuestra
zona favorita.
…
Peio, siempre con su cámara de
fotos, creo que no la ha apeado desde entonces, o Eduardo, también con su réflex analógica, serían seguramente de los
primeros en llegar. Marcelino, con maletín
de ejecutivo, aportaba parte del material necesario para los trabajos a
realizar en cada sesión de trabajo. Luque
y Joaquín, seguro que se retrasaban,
y vendrían con los bolsillos vacíos procedentes de alguna partida vespertina de
mus.
Mientras otros llegaban, Luis habría preparado la selección musical del siguiente programa
en Radio 5, que entonces no era
to-do-no-ti-ci-as, y Santos u Octavio preparaban las clasificaciones
de las distintas ligas deportivas.
Chema y Álvaro, esperaban el comienzo de la reunión de redacción
discutiendo sobre la conveniencia de premiar un texto enviado por un desconocido
autor Latinoamericano al último concurso de cuentos, mientras Paco y Mónica se afanaban en organizar un viaje a la Universidad de
Alicante para asistir a un encuentro de representantes de estudiantes universitarios,
al que después asistí yo, por cierto.
Pablo, Nuria y Rosa, llegaban
ese día más tarde, pero con la carpeta llena de nuevos anunciantes para la
siguiente edición de la revista.
Cuantos nombres, muchos casi olvidados.
Cuantos cafés. Muchas horas de conversación, debate o de simplemente escuchar
las historias por otros contadas.
…
Puede que también a estas reuniones se las
pudiera considerar como tertulias. Desde luego, que se exponían temas
candentes, se debatía sobre la actualidad más rabiosa o se componían textos y poesías.
Como afloran los recuerdos. Serán los vientos
y brisas de este verano atípico.
O el viento del este, que diría Mary Poppins.

