Mucho se está escribiendo sobre el drama de la España vacía, o vaciada, refiriéndose comúnmente al éxodo producido en muchos territorios desde las zonas rurales hacia las capitales más o menos cercanas. El abandono de ciertas comarcas españolas es una sangría continua que está desvertebrando nuestro país, con consecuencias terribles a corto, medio y largo plazo.
Pero también podría aplicarse el término vacío, o vaciado, a los centros de las grandes y medianas ciudades. Centros históricos convertidos en parques temáticos, donde establecimientos y actividades de hostelería copan todo tipo de espacios y en los que se ha obligado, casi literalmente, a los antiguos vecinos a abandonar sus hogares a fuerza de limitar y dificultar los accesos mediante peatonalizaciones y cortes de tráfico junto con la reducción de equipamientos de todo tipo.
Centros de ciudades convertidos en grandes centros de ocio o de trabajo en los que realizar la compra diaria en pequeños comercios o en el supermercado, sacar dinero de un cajero automático o requerir los servicios de un zapatero remendón se convierten en tareas imposibles.