En la pasada Semana Santa asistí por primera vez a unas jornadas de convivencia con hermanos maristas, profesores, trabajadores de los centros y algún que otro consorte entre los que se encontraba el abajo firmante.
En esta ocasión se trataba de la celebración de la Pascua en el Colegio Mayor Gelmírez de Santiago de Compostela, englobada dentro del Curso de Espiritualidad Marista o CEM como les gusta denominarlo a los organizadores del evento.
Conocía la existencia de otras jornadas en Roxos (magnífico lugar, por cierto) y en los diferentes colegios de la Provincia por los comentarios de mi esposa y los reportajes publicados en esta revista. Hasta ese momento me había limitado a escuchar pacientemente las historias y anécdotas de cada encuentro y a indagar en las fotos buscando alguna cara conocida.
Pero en la pasada Pascua me armé de valor y de una buena mochila dispuesto a pasar una semana santa diferente, sin saber muy bien lo que aquellos días iban a depararme. En el peor de los casos, pensé, Santiago es siempre una ciudad por la que siempre merece la pena perderse, sentarse en un viejo café y releer mi viejo libro de La casa de la Troya...
No tuvimos demasiado tiempo para leer, y menos para pasear por las calles de Santiago: casi todo el tiempo del día, y de la noche, estaba estratégicamente repartido en las diferentes actividades y, como no podía ser menos, los cuatro días estuvieron aderezados por una muestra infinita de todas las clases de lluvia características de esa zona de Galicia.
Creo que no es necesario relatar los contenidos desarrollados en las jornadas de trabajo que llevamos a cabo durante el CEM. Muchos de vosotros ya habéis tenido la oportunidad de asistir y otros estáis en lista seguramente. Pero si me gustaría apuntar algunas impresiones personales. (Todo lo dicho hasta ahora solo pretende alargar en lo posible este escrito.)
Durante los días de convivencia con hermanos, profesores, trabajadores de los colegios y los allegados (este es mi grupo), se cuenta con un tiempo para pensar y reflexionar sobre ideas o acontecimientos, pasados y futuros, que permiten adentrarse en los lugares más recónditos de cada persona. Sitios estos muchas veces inexplorados por la falta de tiempo provocado por el vertiginoso ritmo de vida que algunos sufrimos.
Las celebraciones de la Pascua, el continente y el contenido de las mismas, me han permitido volver a disfrutar de sentimientos y creencias olvidadas, o quizás, sepultadas por convencionalismos y protocolos.
Las gentes, las personas; Luis, Eduardo, todos los asistentes (no quiero olvidar ningún nombre), el cura Vicente (boludo, menudo personaje ), las conversaciones, las charlas, los ribeiros, albariños y alguna que otra tormenta impertinente, me permitieron disfrutar de nuevos amigos, sobrevolar sobre el difícil mundo de la docencia y la educación de los más pequeños; pero lo más importante, quizás, me enseñaron a ser consciente de muchas cosas que aunque siempre conocidas no fueron siempre valoradas.
Marcos Álvarez