Siempre como nuevos. El limpiabotas de la calle Ancha dejaba los zapatos relucientes como el charol. Por el mismo precio, además, daba buena cuenta de las noticias y rumores del día, llegando, incluso, a opinar sobre los asuntos más trascendentales de la ciudad.
Solía ocupar un lugar estratégico de la rúa desde donde controlaba las principales terrazas de bares y tabernas a la espera de que algún cliente solicitara sus servicios.
Allí me enteré, hoy al mediodía, con mi pié izquierdo apoyado en la caja de madera tapizada, que mi entierro sería mañana a las cinco de la tarde en la Catedral.
