La cosa iba bien hasta el día que me habló uno de los leones. Había sido una sola palabra. Tajante y contundente. No.
Me quedé petrificado. Y esa situación dentro de una jaula en la pista del circo rodeado de nueve leones empieza a ser poco recomendable.
Kas, el león más veterano del grupo, nacido en el seno del circo y padre de otros cinco ejemplares se había negado a dar su mejor salto, el ejercicio que cerraba el espectáculo de doma y me miraba a los ojos con actitud desafiante.
Mis botas acharoladas parecían haberse soldado a la pista; el látigo se había convertido en un instrumento inútil incapaz de dirigir las acciones de los animales.
Kas no se movía. No quería saltar. Parecía querer transmitir algo a través de esa mirada intensa.
Apenas podía articular las órdenes cien veces ensayadas. Un hilo de voz que se sumergía en la melodía interpretada por la orquesta situada sobre la puerta de acceso a la pista suplicaba a los leones que reanudasen el número.
Ni un movimiento. Si no fuera porque estaba seguro de que los leones no podían hablar apostaría a que todo el grupo le estaba repitiendo la misma palabra. No.
Posiblemente fueran segundos pero a mi me estaban pareciendo varias horas.
O quizás el tiempo se hubiese detenido. Sin darme cuenta comencé a pellizcarme el muslo izquierdo. Puede que estuviese soñando.
No era una pesadilla. Kas esbozó una sonrisa mientras decía con voz poderosa: Hoy vas a pedirlo por favor. Todos los leones le secundaron al tiempo: Por favor.