Era lo único que podíamos hacer por él, dadas las circunstancias.
Noche avanzada. La luna, más llena que nunca, se elevaba sobre las montañas que encañonan la ciudad entre los dos ríos. El reflejo del astro se parapetaba en las copas de los pinos de las laderas de poniente.
El proceso había comenzado. Nadie podría pararlo.
Las primeras muestras de la transformación eran visibles. Los cabellos, los pómulos, las órbitas de los ojos estaban cambiando por momentos.
La licantropía era inminente. Solo podíamos encerrar a Antonio en su cuarto y esperar a que pasaran los efectos de la luna de sangre y el hombre lobo entrara de nuevo en reposo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario