Otro microrrelato enviado al concurso.
Desde ese día nadie vende barquillos en el parque. Ni pipas, ni caramelos. Tampoco almendras garrapiñadas. También habían prohibido jugar a los niños, y pasear alegres a los mayores. Nada de sonreír mientras se pasea cogido de la mano. Hasta los perros sabían que los ladridos o los juegos sobre el césped habían sido vedados por la autoridad.
Con tantas prohibiciones el parque se fue quedando vacío. Ya no se oían los gritos y risas de los pequeños. Ya no alegraban los amaneceres los pájaros con sus trinos. Ya no florecían las plantas por primavera.
Mañana al atardecer cierran definitivamente nuestro parque.