En una escena de la película “La silla de Fernando” dirigida por David Trueba y Luis Alegre, en la que el protagonista, Fernando Fernán Gómez, relataba sus andanzas por el Madrid de la guerra civil o sus correrías por las fiestas de la capital, se le interpela sobre la gran cultura que atesora. D. Fernando
responde tajante: “No, yo lo que tengo es un buen Bachillerato”
Sí. Parece que fue hace mucho tiempo.
Pero, efectivamente, hubo un sistema educativo, o varios quizás, en los que los jóvenes adquirían una considerable cantidad de conocimientos, una cultura se decía, que les permitía conocer e interpretar lo que sucedía a su alrededor. Les proporcionaba una perspectiva histórica para comprender hechos pasados y afrontar los futuros. Y les dotaba de ciertas habilidades técnicas para desenvolverse en la sociedad de su tiempo. Qué más se le puede pedir a un sistema educativo.
Sí. Los alumnos eran sometidos a pruebas de evaluación. Realizaban exámenes exigentes y tenían calificaciones proporcionales al trabajo desarrollado y a los resultados obtenidos.Los estudiantes tenían que estudiar.
Y estudiaban materias como Matemáticas, Historia, Geografía o Literatura. Física, Química o Dibujo Técnico. Y los profesores eran especialistas en cada una de estas áreas de conocimiento.
Todo esto es ya historia.
Los nuevos sistemas educativos no están diseñados para que nuestros jóvenes aprendan. Es más. Hasta creo que utilizar este verbo está proscrito por el nuevo ordenamiento legislativo. Los nuevos alumnos tienen que adquirir una serie de competencias, que evaluadas convenientemente les permitirán ir promocionando en los distintos niveles y conseguir un título académico garante de su ignorancia.
Los estudiantes de nuestra Educación Secundaria Obligatoria, o del Bachillerato, tienen que adquirir las denominadas competencias básicas. Entre ellas algunas tan difíciles de acotar como la competencia en conciencia y expresión culturales, la competencia emprendedora, la competencia plurilingüe o la competencia ciudadana.
Todo esto englobado en un sistema en el que siguen existiendo las materias tradicionales, las conocidas por todos: matemáticas, lengua o tecnología, pero en el que la evaluación se realiza por las ya mencionadas competencias. De locos.
Y, como guinda de este pastel, todo este invento está sustentado en un sistema burocrático documentado en el que las programaciones docentes, las de aula, los programas de recuperación, las adaptaciones significativas o los infinitos informes de evaluación ahogan a un profesorado que ya no sabe cuando tiene que hablar de su asignatura.
Todo este embrollo está provocando que el profesorado esté desnortado. No tiene muy claro qué conocimientos debe adquirir el alumno. Y mucho menos, cómo se evalúa la adquisición o no de los mismos. ¿Cuándo van a consultar a los profesores sobre cómo diseñar un modelo educativo coherente?
En fin, que suerte tuvo D. Fernando.
