El próximo día veinte de
diciembre los ciudadanos cumpliremos con nuestra tarea de elegir los
representantes de entre los que se formará el gobierno de España para los próximos
cuatro años.
Llevamos ya varios días
plagados de discursos, mensajes y debates.
En esta campaña los debates se han
convertido en un fin y no en un medio para comparar los programas electorales
de los distintos partidos. El objetivo parece que es el debate. ¿Quién debate
mejor? ¿Quién es capaz de lanzar más mensajes en menos tiempo? ¿Quién acusa a
más contrincantes, o quién se defiende mejor de los ataques contrarios?
En estas estamos. El otro día
escuchaba en un programa radiofónico un pequeño fragmento de uno de los
mensajes lanzados por Pablo Iglesias a ritmo de rap. Es muy instructivo fijarse en la forma del
discurso. Un poco menos es analizar el contenido. La cadencia de las palabras y
las frases; el ritmo de sonidos y pausas; la repetición de palabras y giros.
Todo estudiado al milímetro.
Si uno se toma de molestia
de indagar en la formación de los líderes de los llamados nuevos partidos se
verá como la mayoría se han formado en la creación de mensajes y en su
propagación; es decir, en propaganda.
Uno, Albert Rivera, ha sido campeón
universitario de debate. Otros, Errejón e Iglesias, se han especializado en la
capacidad de un discurso elaborado para la agitación de las masas (Véanse sus tesis doctorales: Errejón. Iglesias.)
¿Nos estamos dejando
convencer por campañas elaboradas en base al adoctrinamiento de las masas en
vez de fijarnos en propuestas concretas y realizables para afrontar problemas sociales?
¿Estamos dando más
importancia a la forma que al contenido de los mensajes?