Había dado varios paseos a lo largo del apeadero con los cuellos del viejo gabán subidos por encima de las orejas.
El reloj de la estación marcaba la hora prevista de salida. El andén estaba extrañamente desierto. Traía retraso el tren correo que tomaba de vez en cuando para acercarse a la ciudad la noche de algún viernes.
No tenía billete. La diminuta ventanilla, cerrada, mostraba el cartel de cerrado.
Una hora después y varios paseos bajo la marquesina de hierro le hicieron entender que esa tarde no pasaría el tren por la estación.
…
La línea había sido cerrada.