Y se ríe. Reconoce al instante a su amigo de la infancia, con el que organizaba peleas y batallas fingidas contra los chiquillos del barrio vecino. También se ha acercado su viejo profesor, que entre clase y clase les releía incansable aquel librillo de normas de urbanidad.
En una esquina varios íntimos amigos, en corro, charlando sobre uno de los últimos viajes. Sus padres, en la puerta, saludando. Dos compañeros de la mili al fondo.
Y se ríe; también se reconoce a sí mismo, tumbado sobre el acolchado de un sobrio ataúd de madera noble rodeado de flores y mensajes de despedida.
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