Al final del pasillo pude encontrar la respuesta. Allí estaba.
Allí había estado siempre.
Aquella puerta que recordaba permanentemente cerrada se había abierto. La luz, brillante y cálida, se filtraba entre las rendijas formadas entre el quicio y su marco. El sol entraba con timidez, acostumbrado a encontrar una barrera a sus rayos electromagnéticos, pero transmitiendo su energía y vitalidad.
La oscuridad se había agazapado temerosa de aquella luz que presagiaba una nueva libertad. Incluso se notaba un nuevo frescor, una brisa reconfortante que hacía olvidar otros tiempos. ¿Podríamos salir por aquella puerta?
¿Era una respuesta o tan sólo una nueva promesa?
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