Le confesé a mi padre lo que había hecho.
No hubo respuesta inmediata. Solo una mirada profunda y sostenida entre los dos. El silencio reinante permitía escuchar claramente como los primeros indicios de una sonrisa incipiente aparecían, poco a poco, en las comisuras del progenitor.
Un abrazo repentino, dilatado y sentido. Unas lágrimas asomando y un vozarrón gritando ¡Enhorabuena! cerraron el tortuoso camino comenzado años atrás. El esfuerzo de toda la familia había dado sus frutos.
Por fin había aprobado el último examen. Había acabado mi carrera.
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