Le obligaron a sentarse en el sofá, junto a sus zapatos.
Se los había quitado al entrar en el salón. Un cartel avisaba de la necesidad de acceder descalzo al interior.
Alguien había recogido los zapatos para situarlos al lado del tresillo. Estaba solo en aquel lugar.
Tenía las manos atadas a la espalda y unas vueltas de cinta americana le impedían proferir sonido alguno.
Todo había sucedido rápidamente: unos golpes certeros y unas manos rápidas lograron inmovilizarlo. Un hilo de sangre recorría su cara. Le dolían intensamente los oídos y no lograba enfocar adecuadamente la visión.
Se estremeció al distinguir un montón de zapatos en la esquina de la habitación.
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