Sin beso de buenas noches.
El castigo había sido demasiado duro en esta ocasión. El último beso del día, cuando el que hasta hace pocos años casi gateaba por el pasillo se convertía por unos instantes en mi niño pequeño y aceptaba de buen grado el gesto cariñoso, el arreglo de la manta o el apagado de la luz, era un breve espacio de confesiones y secretos compartidos.
Solía convertirse en un tiempo de conversación relajada, difícil de mantener a veces durante el resto del día.
Ayer, cuando ya se había acostado, permanecí meditabundo en el sofá. Me incorporé rápidamente cuando escuché un ¡Papaaá!
No hay comentarios:
Publicar un comentario