Lo que usted diga, doctor Frankenstein.
El paciente contestó precipitadamente, sin permitir al médico finalizar su prescripción, con voz temblorosa, entrecortada. La consulta parecía fría e impersonal. Desprendían sus paredes un hálito frío, nebuloso y denso. El tiempo se había ralentizado mientras el reloj de la pared tintineaba, cansado, con un eco espectral.
El paciente, inmóvil, permanecía sentado en la silla con los ojos fijos en el cartelito que, situado sobre la mesa junto al talonario de recetas, anunciaba el nombre del facultativo del turno de tarde.
Definitivamente tengo que cambiar mi apellido, pensó el doctor, mientras intentaba sacar del shock al paciente de las cinco.
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