Si hace tiempo que no pasea por las calles más céntricas de nuestro querido León, por las callejuelas y plazuelas del barrio húmedo a primeras horas de la mañana, seguro que no va a creerse lo que voy a relatarle.
Hoy , al salir de mi domicilio para ir al trabajo nuestro de cada día, me he cruzado con cuatro chiquillos que deambulaban por una de estas calles. Iban de retirada. Los gritos, su comportamiento y cierto aroma a alcohol les delataban. Asombrado, de repente, y todos al unísono, veo como se disponen a orinar, mejor, a mear en el portal de una de las casas más cercanas. Mi cara de estupefacción les debió de molestar, encima, y comenzaron a proferir insultos variopintos.
Un poco más adelante he cruzado un contenedor carbonizado. Las bolsas de basura se encontraban diseminadas alrededor de lo que había sido su continente, y las manchas de la espuma de un extintor se adivinaban en coches, paredes y acera.
Durante todo el recorrido descrito ya había sorteado todo un conjunto de vasos rotos por las esquinas, botellas de licor diseminadas por los portales y ventanas, cabinas de teléfonos destrozadas, árboles arrancados, señales de tráfico por los suelos, adoquines amontonados formando curiosas esculturas, secreciones humanas por doquier...
¿ Hay que romper, vomitar, orinar, quemar, destruir, insultar o vociferar para pasar una noche de diversión? ¿Cómo se ha convertido una parte de nuestra juventud - adolescentes más bien- en una banda de cuasi-delincuentes nocturnos? ¿Donde se han quedado la vergüenza, el decoro y el respeto?
Esta sociedad tiene un problema. Tenemos un problema. Y lo tenemos en casa.
Marcos Álvarez
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