¡Cuanto me echaba de menos!. O eso me decía constantemente en sus interminables cartas.
El funcionario de correos asignado a mi barrio había sonreído de nuevo desde que volvió a rellenar periódicamente el buzón de mi portal. Largas epístolas en las que me recordaba su amor incondicional y evocaba románticas andanzas y aventuras en común.
Las primeras misivas las leí con agrado y curiosidad. Pocas semanas más tarde se convirtieron en una desagradable rutina diaria.
Supe que había encontrado una nueva pareja, y que finalizaba la tortura, en cuanto el rictus de aburrimiento se instaló de nuevo en el rostro de mi cartero.
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