Me está encantando clavarle agujas a este muñeco. Me genera una extraña pero agradable sensación de poder y sosiego, al mismo tiempo, que nunca antes había experimentado. El ritual es sencillo.
Elijo en mi acerico de brazo cuidadosamente cada una de las agujas a utilizar en el proceso; ni muy cortas ni demasiado largas. Planifico el lugar exacto de la punción, estudiando pormenorizadamente la superficie, su textura y color. Es entonces cuando procedo a pinchar con decisión, con un movimiento giratorio, introduciendo la aguja un par de centímetros.
Lo que me despista y desconcierta cada vez más son las gotitas de sangre que aparecen pocos segundos más tarde.
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