La rata sonrió en aquel momento, justo cuando el operario municipal la atravesaba con el estoque afilado que incluía siempre en su equipo de trabajo.
Una mezcla de mueca de dolor y sonrisa sátira quedó dibujada en la cabeza del roedor. Casi no había emitido sonido alguno. Solo un leve aullido que el funcionario no había escuchado nunca y que rápidamente se atenuó en la oscuridad de la noche.
Mientras recogía el material en su cochecito comenzó a oír a sus espaldas, de nuevo, un aullido parecido al que había exhalado el animal poco antes.
Al girarse descubrió horrorizado una manada de ratas avanzando hacia él.
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