Se escucha ese «pi» infinito, tan irracional, que anuncia que el corazón del enfermo conectado a la máquina ha dejado de latir.
El músculo incansable que ha bombeado la savia necesaria para infundir vida hasta el último rincón del amasijo perfecto de huesos y carne ha sucumbido al cansancio o a la enfermedad.
Siempre me recorría un escalofrío desasosegante cuando escuchaba el aviso en la lejanía: carreras de los equipos médicos, sollozos de los más cercanos y la resignación de unos pocos que comenzaban a aceptar el fatal desenlace.
Desde hace varios meses no hay lloros ni carreras.
Ya no siento ese estremecimiento de sorpresa.
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