(...dedicado a todos los que en algún momento han formado parte de la familia minera...)
Acaba de sonar la vieja sirena. El tono sostenido y dulce del ulular camina sobre el éter de la mañana anunciando el final del turno de noche en el Pozo Aurelio. Una bruma pegajosa y húmeda, pero inexplicablemente templada y confortable, se asienta en los recodos del río Bernesga que discurre cercano.
No ha amanecido todavía. El invierno, frío y puntual, retrasa la salida del Sol, como si le costara el madrugón diario de cada mañana. Las calles cercanas están desiertas. Ni siquiera el bar de la esquina parece abierto. Las trapas cerradas, los visillos de las ventanas sin correr. Aún no se han encendido las calefacciones de los más tempraneros pues no se escapa el humo por sus chimeneas.
Hace ya algún tiempo que no se escucha el vocerío de los niños a la entrada del colegio y del Instituto. Poco a poco fueron cerrando las aulas. Primero lo hicieron las escuelas nacionales. Más tarde también cerró la escuela regentada por la empresa, por la Hullera. Quedan los edificios, cada vez más deteriorados y los recuerdos de los juegos de los chiquillos mientras corrían alrededor de la plaza. Quedan también algunos cristales rotos.
Se acerca la jaula a la superficie. Los estridentes sonidos de las correas y las poleas denotan la falta de mantenimiento. Los pies de los mineros del turno que acaba arrastran las pesadas botas a través del camino que les conduce al vestuario.
Parece que no hay prisa.
La ducha que elimina los restos de carbón de las pieles curtidas de los hombres cansados no reconforta en esta ocasión. No hay chistes, ni bromas. Solo los gestos mecánicos de un lavado que les permita volver a casa. Las ropas colgadas esperan a sus dueños, como siempre.
Como siempre no. Ya no volverán a enfundarse el mono, ni a colocarse el casco protector. Los guantes ya no serán necesarios y el vestuario quedará vacío. Los bancos corridos ya no volverán a reconfortar los cuerpos cansados por el trabajo, a devolver el resuello a los más veteranos que tachaban los días en el calendario que les restaban para el ansiado retiro.
Hoy cierra el pozo. Dicen que no hay más carbón; o que no hace falta extraerlo; o que es mejor utilizar el que viene de fuera, yo que sé…
No han entendido las razones ofrecidas por el patrón, ni las explicaciones del sindicato. Tampoco les ha quedado claro al escucharlos en el parte de ayer, en la radio. Ellos saben trabajar.
Cierra el pozo. Y el pueblo se muere. La única razón de habitar aquel valle duro y frío, aunque hermoso, era el jornal obtenido con el esfuerzo diario, con la vida perdida y ganada en cada turno.
El valle se quedará vacío. Poco a poco se irán marchando como lo hicieron antes los compañeros de otros pozos, las gentes de otros valles.
El último minero cierra la puerta del vestuario y mientras se aleja se da cuenta de que ya no se escucha la sirena, ya no chirrían las correas de la jaula como cada mañana. El pozo ha cerrado.
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