Un señor con levita que se parece a
Pushkin aparece repentinamente bajo el quicio de la
puerta de entrada a la biblioteca de la universidad. La raya vertical y perfecta
de su pantalón de franela; el bombín, apenas brillante, colocado ligeramente
ladeado deja entrever un corte de pelo inmaculado; el paraguas negro con cacha
de marfil veteado cuelga gracioso del brazo izquierdo del hombre trajeado. Casi
sin hacer ruido ha posado el maletín acharolado sobre la primera mesa vacía de
la sala.
Ningún
estudiante se ha dado cuenta. Su presencia pasa desapercibida.
Nadie conoce a Pushkin.
Nadie conoce a Pushkin.
Marcos Alvarez

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