02/07/2015
Siendo yo un imberbe
colegial, y seguramente a causa de los desvelos de algunos profesores, andaba
ya metido en eso de las lecturas, de los escritos y de las letras. Recuerdo con
cariño algunos libro-forums, creo que
así los denominada mi profesor de literatura de octavo curso de E.G.B., en los
que después de la lectura de algún texto transformábamos el rígido orden del
aula en un parlamento semicircular de la palabra en la que compartir críticas y
sensaciones. En uno de ellos, tras la lectura de una breve biografía sobre
Miguel Ángel, Alfonso García, que así se lama mi viejo maestro, preguntó sobre quien
creíamos que había sido el mayor enemigo del genial pintor y escultor. Yo, ni
corto ni perezoso, respondí que el mayor enemigo del artista había sido el tiempo; y creo que la respuesta me
hizo ganar algún que otro punto en aquel curso.
Hace pocos días, mi
profesor, Alfonso García compartía porrón y tiempo con dos artistas de la
palabra escrita: José María Merino y Juan Pedro Aparicio. Todos escritores y
los tres leoneses; podrían haber sido cuatro, escritores y leoneses, si a última
hora no hubiera fallado a la cita Luis Mateo Diez.
Convocados alrededor del
aniversario de la mítica taberna leonesa Casa Benito, a modo de Filandón
urbano, o moderno como apuntaba alguno de los intervinientes, contaron,
cantaron y leyeron cuentos, anécdotas y leyendas que encandilaron a la
parroquia que allí se congregó.
Algo debe tener el carácter
leonés, o quizás sean sus aguas, o sus vientos, que proporcionan a sus hijos
una querencia hacia la narrativa; un gusto por la palabra oral y escrita, puede
que herencia de los viejos filandones en
los que a la luz del fuego y tras los cristales empañados por las nieves y los fríos
se glosaban antiguas aventuras, dimes y diretes de la vecindad o transmitían
saberes populares a los más jóvenes.
Ese tiempo, enemigo de algunos
y testigo de todos, se ralentizó durante poco más de una hora, en la que a
golpe de porrón se escucharon, y se disfrutaron, viejos y nuevos textos, se rieron
gracias y gracietas a la vez que revivimos esos filandones propios de nuestra
tierra.

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