Los días laborables se caracterizan, entre otras cosas, por contar con
determinadas rutinas. Esas labores que
realizamos a diario de forma programada y muchas veces de manera milimétrica para
lograr cuadrar la agenda, tantas veces denostadas y no siempre valoradas.
Entre mis rutinas matutinas se encuentra la de llevar a mis hijos al
colegio. Cada mañana nos desplazamos en nuestro utilitario hasta las
inmediaciones del colegio comentando las distintas asignaturas del día o
repasando mentalmente los exámenes de cada uno de ellos.
Disfruto las primeras horas del día junto con mis hijos tarareando las
canciones que suenan por la radio del coche o intentando animarles a ver las
matemáticas de forma más atractiva.
Este grato momento familiar dura hasta que intentamos aparcar nuestro
coche en las calles aledañas al centro escolar. No es fácil. Muchos coches.
Muchos niños y pocas plazas de estacionamiento.
Muchas veces dejamos el coche en lugares no permitidos aunque siempre intentando
no obstaculizar vados o zonas de paso de peatones. Suelen ser tres minutos; los
necesarios para acercarnos al colegio con las mochilas y los libros y repartir
los besos de despedida.
Y son también muchas veces las que encuentro a la grúa municipal retirando
vehículos mal aparcados o a agentes de
la policía local amonestando a los sufridos padres por infringir durante cinco
minutos las ordenanzas municipales de turno.
Hasta aquí nada que objetar. Si incumples te arriesgas a una sanción.
(Lo del sermoncito del agente afeando la conducta del ciudadano ya me cuesta
más aceptarlo y sería materia para otro cabreo epistolar…)
Nada que objetar, si cada día no observara un comportamiento
totalmente contrario de los encargados del orden de nuestro ayuntamiento.
En el trayecto mañanero de cada día nos encontramos con un colegio
situado en una de las calles de acceso a nuestra ciudad desde el norte. Supongo
que los problemas de aparcamiento de los sufridos padres sean similares a los
que yo me encuentro cada día.
Pero en este caso, cada día, una patrulla de la policía local aparca
su vehículo en doble fila, encendiendo muchas veces sus luces de emergencia,
mientras los coches van estacionando detrás del vehículo policial. Aquí no hay grúas.
A la par, los dos agentes ayudan a los niños y padres a cruzar la
calle, incluso existiendo un semáforo que haría innecesario este ordenamiento
manual del tráfico. (En nuestro colegio solo existe un temerario paso de
peatones y no contamos siempre con el apoyo de algún agente para cruzarlo en
las horas de entrada y salida del centro…)
No me quejo de las multas. No reniego de los incumplimientos de las
normas de tráfico que pueda cometer. Pero no estoy de acuerdo con los dobles
raseros.
No quiero pensar que pueda ser debido a que el colegio al que asisten
mis hijos es de titularidad privada y el que se beneficia de la complacencia de
los agentes municipales es un centro público.

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