He escuchado un comentario radiofónico en uno de los últimos viajes que por razones de trabajo realizo semanalmente a Ponferrada.
El fondo de la locución versaba sobre los diferentes caminos o sendas que, a diario en nuestra vida, tomamos casi sin darnos cuenta. Decisiones transcendentales sobre nuestra vida personal o profesional.
Elegimos un camino u otro intentando vislumbrar el final del mismo. Imaginándonos el final de esa senda. El premio. El destino.
Usamos las herramientas de rentabilidad económica o social para ayudarnos a tomas estas decisiones. Olvidándonos, tal vez, de la característica más relevante de uno u otro camino. Que tenga corazón. Que signifique algo para nosotros; que creamos fírmemente en ese camino, sin importarnos las dificultades que encontremos a cada paso.
Solo de esta forma elegiremos de forma correcta; porque, ninguno de los caminos tiene un destino final. No hay premio ni objetivo. Es el propio camino, su recorrido, la forma en la que lo hagamos, el sentido único de cada senda a elegir.
La vida, nuestra vida, es ese caminar; y cuando dejemos de hacerlo, posiblemente, dejaremos de existir... sin haber llegado a ningún sitio.
Marcos Alvarez Diez
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