Me esparce crema solar por el cogote siempre que estamos en la playa. Elige el mejor sitio del arenal, a la distancia adecuada entre el chiringuito y la orilla del mar, a la vez que coloca estratégicamente la sombrilla, las sillas, la nevera portátil y el resto de los bártulos.
De repente, la sombra alargada de unas piernas bronceadas dirigen mi mirada hacia un escultural cuerpo femenino que pasea por la arena. De forma inmediata, una colleja seca, sonora y potente casi me deja sin sentido.
Mañana seguro que me quemo con el sol.
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