Mientras le vendaba los ojos, el verdugo, encapuchado, intentaba acercarse a la cabeza del reo para susurrarle algo al oído. Imposible. Demasiados espectadores pendientes de cada detalle.
Tembloroso y vacilante no acertaba a realizar el nudo de la venda junto a la nuca. Parecía que fuera la primera ejecución cuando era un profesional experimentado.
El Juez y los testigos observaban cada uno de los trámites reglamentados alrededor de la silla en la que en cuestión de minutos se cumpliría la fatal sentencia y se aplicaría el efectivo garrote vil.
El verdugo no pudo acercarse más. Levantaría sospechas. No iba a poder despedirse adecuadamente de su hijo.
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