Aunque desde hace varios años ya no es necesario pasar por recepción a dejar aquellos gigantescos llaveros corporativos cada vez que se sale del establecimiento me gusta pasar cerca del mostrador a saludar a los recepcionistas de servicio. Muchas veces también se encuentran por allí algunos de los responsables de otras secciones: la gobernanta, el jefe de seguridad o el director.
En ese breve recorrido suelo fijarme en otros clientes. Ejecutivos de traje y maletín que esperan nerviosos una cita de trabajo repasando mentalemte el saludo preparado, abuelos que persiguen a nietos trastos y caprichosos o elegantes señoras disfrutando del aperitivo en el bar americano con un inimitable cruzado de piernas.
Durante esos instantes se entrecruzan las vidas de decenas de personas que, de otra manera, puede que nunca hubieran coincidido. Me gusta disfrutar de esos universos temporales con desconocidos que posiblemente no vuelva a encontrar.
Ocupo la 125. Esta mañana he salido con el coche y he visto a un compañero de trabajo corriendo en las cercanías del hotel. Qué cosas, he pensado. Mira que estamos lejos de casa. Al rato le he mandado un mensaje comunicándole la coincidencia. Estoy en el hotel, me ha respondido. En la 126.
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