Y pagar la entrada para acceder a él era otra de las alternativas posibles. Pasar por su camerino o asaltarle por los vericuetos de la tramoya. Lo había intentado todo. Sin resultados.
Aquella tarde me aposté en las inmediaciones de su domicilio. Conseguí su dirección después de una concienzuda búsqueda por la red oscura. Tampoco había rastro de él.
Tras varias horas de vigilancia, con el estómago vacío y la vejiga llena, entré en el bar de la esquina. Tenía que ir al servicio.
Allí estaba, en el urinario contiguo. Sonriéndome. No me atreví a estrecharle la mano.
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