El último día de vacaciones siempre tenía un color especial. El sol brillaba con menos fuerza. O quizás fuera la atmósfera; cargada de una difuminada cortina, espesa y húmeda, de tristeza y melancolía.
Cerrar las maletas, recoger los cuartos y colocar todo en el exiguo maletero del pequeño utilitario daban paso al interminable viaje de regreso a casa.
Ya no calentaría más el sol como aquellos días; tardarían en escucharse los gritos y risas de los más pequeños jugando hasta altas horas de la madrugada. La rutina del curso y de los quehaceres diarios se haría dueña del tiempo durante el resto del año.
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