Siempre sucede lo mismo. Cientos de kilómetros para llegar al lugar deseado. El consabido sofocón para colocar todo el equipaje necesario en el maletero de nuestro coche. Las indicaciones constantes de mi copiloto sobre la velocidad, el tráfico o la conveniencia de tomar un refrigerio antes o después.
Llego, me instalo; me preparo concienzudamente y en el mismo instante de introducir el pie derecho en la orilla del mar un escalofrío paralizante recorre mi cuerpo hasta la base del bulbo raquídeo ordenando la inmediata paralización del baño deseado. No puede ser. Otra vez.
Se establece una lucha feroz entre la razón que recomienda no meterse en esas gélidas aguas del océano y mis deseos desenfrenados de iniciar mis vacaciones de verano con el necesario bañito.
Como siempre, la lucha termina con una inmersión rápida a ritmo de muñeira para acelerar los pasos. Sería un pecado no meterse.
Lo de ser o no PECADO depende de ti y de si quieres sufrir las consecuencias de una lumbalgia paralizante, para que el resto de los días de asueto, se troque a base de antibióticos...
ResponderEliminarUn abrazo