Los rincones vacíos de la casa ya desmantelada desprendían aun hálitos de vida.
Ya no estaban los muebles, los cuadros, los utensilios que habían sido utilizados por los habitantes ausentes.
El eco de las voces susurrantes retumbaba en las paredes desconchadas.
Manchas de humedad y telarañas cada vez más tupidas colonizaban las esquinas y los rincones.
El haz tembloroso que emanaba de la linterna de mano de los chicos del barrio descubría poco a poco las
estancias del palacete abandonado.
estancias del palacete abandonado.
Habían preparado concienzudamente la expedición nocturna de reconocimiento. El grupo avanzaba con sigilo.
Súbitamente, Rodrigo hizo un inquietante descubrimiento. No había ni una mota de polvo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario