“Le faltarán, al menos, un par de centímetros para alcanzar la barra del trapecio.”
La afirmación sonó contundente en labios del comentarista. El público asistente, antes bullicioso y alegre, se tornó repentinamente en gélido testigo de lo inevitable. El tiempo, ese periódico y constante vaivén de sucesos, se había ralentizado haciendo que los fotogramas de aquella realidad se reflejaran lentamente en las pupilas de los asistentes a la función de media tarde.
Mientras, entre lapso y lapso, los trapecistas estiraron los miembros hasta la práctica deformación, acortando milagrosamente las distancias entre la vida y la muerte.
Aliviado, el locutor se alegró por primera vez de haberse equivocado en una de sus apreciaciones.
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