La pequeña
librería del salón ocupa un lugar privilegiado. El rincón más luminoso, pero a
la vez resguardado de los dañinos rayos solares, abriga la coqueta
esquinera de madera de cerezo.
En su escaso metro
de altura apenas es capaz de albergar dos baldas que la dividen en tres
espacios iguales. Los libros, de todos los tamaños y colores, unos colocados
verticalmente y otros aprovechando los espacios horizontales vacíos, se agolpan
sin orden ni clasificación conocida.
Libros de aventuras,
detectives y viajes; biografías oficiales y apócrifas, gruesos tratados sobre
ciencias o filosofía y hasta alguna que otra guía de cocina tradicional parecen desbordar cada día el volumen finito
del rojizo mueble.
El observador
curioso puede encontrar desde ejemplares de mitad del siglo pasado
encuadernados en cartoné con lomos de tela y cabezadas de vivos colores hasta
ejemplares de bolsillo adquiridos compulsivamente en la librería impersonal de
algún aeropuerto del país.
Lo que nadie sabe
es que llevo seleccionando libros de mi pequeña biblioteca desde hace más de cinco
décadas y siempre encuentro un ejemplar nuevo para comenzar otra apasionante
lectura.
Marcos Alvarez
Marcos Alvarez

Oh¡, las bibliotecas hogareñas cuanto guardan (casi de todo incluido polvo) y en ellas cuanto dejas de una manera anárquica (bendito desbarajuste) y un tanto desordenado pero sin caos, porqué cuando algo necesitas allí lo encuentras, aunque a veces necesitas repensar la situación del volumen tal o cual, donde buceabas para extraer algún material o algún matiz que aclare la duda emergente. Lindo post Marcos. Un abrazo...http://dialtri.blogspot.com.es
ResponderEliminar...y dentro de nuestra casa.
EliminarUn abrazo Dionisio.