22 marzo 2010

MIERCOLES PASIONAL

MIERCOLES PASIONAL
E
ra necesario esperar. La burbujeante salsa del bacalao al ajo arriero, flanqueado por un apetitoso huevo escalfado en su plato de barro, hacia presagiar una fatal quemadura bucal para el valiente que osase comenzar el ágape de esa noche de Miércoles Santo.Desde hacía ya algunos años se había institucionalizado una tradición no escrita. Aquella cena se convertía en el comienzo de las celebraciones y conmemoraciones semanasanteras, acompañadas de unos días de descanso; merecido o no, depende de los opinantes.
Cuántos aromas y cuántos sabores acompañan nuestras celebraciones de forma inseparable…No duraba mucho la espera. Los efluvios de aquellas viandas aceleraban el acto gastronómico, dando paso seguido al primer acontecimiento de la noche: la Ronda Lírico Pasional.
El nombre del evento es para nota. Aunque engloba con acierto las principales características que lo conforman.
Es un Ronda. Cientos de Leoneses, de nacimiento o de adopción, pasean, o mejor dicho, desfilan, flanqueados por papones que portan antorchas que iluminan el camino, al ritmo del tamboril y la corneta por los más bellos rincones de la ciudad vieja, que alumbrados por el resplandor mágico del fuego dejan aflorar historias escondidas y sensaciones de tiempos no antes disfrutados.
Es una Ronda Lírica, pues algún ilustre personaje, de los más destacados en los aconteceres leoneses del año, embutido normalmente en una fornida capa leonesa, glosa en rincones escogidos las leyendas y los encuentros, las verdades o las mentiras de aconteceres lejanos. Mantenedor se le denomina; será por aquello de mantener la atención de los espectadores y participantes…
Es pasional; el tinte penitencial viene dado por las fechas en las que se realiza. Miércoles Santo; o quizás, sea mejor decir Jueves Santo ya que el paseo se inicia cuando en las campanas de la Iglesia de Santa Marina la Real, una de aquellas cinco parroquias iniciáticas del viejo León, resuenan las doce campanadas, indicando que la Pasión de Jesús está cerca.
Serranos, Corral de San Guisan, Plaza de San Isidoro, Cid…calles que acogen, en silencio, el paso de los que Rondan la noche. Centuriones y legionarios, afrancesados e invasores, Reyes destronados, Infantas vengativas, traiciones y conspiraciones se asoman al paso de las gentes, al calor del fuego purificador, a los cantos de la historia.
Los participantes se agolpan en cada estación, en cada parada,  unos contra otros, para escuchar las palabras del mantenedor; o quizás sea para combatir el intenso frío nocturno que suele atenazar a las gentes de estas  tierras en los días de Semana Santa.El resplandor y el calor del fuego ilumina rincones centenarios; lugares que callan correrías y batallas, traiciones y amoríos, aconteceres viejos, de personajes lejanos que formaron caracteres, zanjaron reinos o permitieron besos furtivos en alguna plazueleta tras la sombra de la vieja muralla.
Nuestro amigo gusta de encabezar la procesión. No quiere perderse el discurso, ni los sonidos del tambor, ni los toques de corneta; no quiere perder la oportunidad, tampoco, de escabullirse con sigilo, cuando, abandonando la Ronda con disimulo, busca nuevas sensaciones, nuevos sonidos para esa noche de pasión.
Va al encuentro del Vía Crucis, que hace tiempo ya que ha salido de la Parroquia de San Marcelo, otra de nuestras Parroquias históricas, y estará seguramente, por las horas que son, en los alrededores del Convento de las Madres Benedictinas de Santa María de Carbajal.
Sin perder el paso, aunque ahora sin los toques de tambor y corneta que, con pena, ha dejado atrás, se encamina hacia la Plaza del Grano. No aparece plaza leonesa en el callejero bajo este nombre. Aunque, quizás también, pocos leoneses la conozcan por otro que no sea ese. La plaza de Santa María del Camino, que así se denomina oficialmente, sirve de punto de espera.
Las puertas del Convento, abiertas ya, esperan la entrada de fieles y papones.Antes de que por la cabecera de la calle Escurial aparezcan las primeras túnicas y capirotes aterciopelados de los papones de la Cofradía de las Siete Palabras de Jesús en la Cruz, la melodía de alguna marcha procesional va inundando la fría noche desentumeciendo los cuerpos y las almas de los papones de acera que esperan la llegada de la procesión. Poco resta ya para que la recoleta capilla conventual, abarrotada pero silenciosa, reciba al Cristo crucificado, el Cristo de los Balderas, flanqueado por papones con velones de cera que iluminan su camino de luz.
La espera da paso a las voces cadenciosas de las Hermanas, orando mientras cantan, o cantando a la vez que rezan, junto a los fieles que cumplen con la estación del vía crucis nocturno.No ha finalizado aun el via crucis, pero los efectos protectores y estimulantes del bacalao han pasado hace tiempo, y nuestro personaje comienza a sentir el cansancio en sus entumecidos miembros.
La noche termina, pero la Semana Santa llega a sus mejores momentos, los días de mayor esplendor.Sin grandes pasos, sin largas filas de papones, sin masas de espectadores, ha disfrutado de unos momentos íntimos, irrepetibles, irrenunciables para los que aman esta Semana Santa. Pequeños detalles que se graban en el corazón y en la memoria de aquellos que desde las aceras, o acompañando el desfile de unos pocos, o desde los balcones más estratégicos, buscan cada Miércoles Santo una excusa para afrontar con gallardía la pasión del día a día, el cáliz personal de cada uno.

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